Opinion · Punto de Fisión

Dos rubias muy legales

Menuda sorpresa lo de Aguirre y Cifuentes. Debe de ser la primera vez que falla en este país la defensa de «yo de eso no sé nada, señor juez», «yo no me enteraba de nada», «soy ciego como un topo» o «a mí que me registren». El único político con que esa clase de argumentos ofrece visos de credibilidad es con don Mariano Rajoy, y eso que es registrador, pero lo cierto es que Mariano daba de sobra el papel de alma bendita, de despistado que acaba de levantarse de una siesta y no sabe si está recogiendo un sobre repleto de billetes o la última edición del Marca. De un hombre que no entiende su propia letra se puede extrapolar que no entienda tampoco la letra de los demás, menos aun las iniciales, no digamos ya los números de su partido, que son a la vista de todos los indicios algo así como las cuentas de la familia Corleone con balcones a la calle.

En cambio, el juez del caso Púnica, Manuel García Castellón, supone que hay pruebas suficientes como para creer que Esperanza Aguirre no sólo conocía sino que había puesto en marcha los recursos fraudulentos para financiar diversas campañas electorales, autonómicas y nacionales. Mira que Aguirre intentó echar balones fuera, que puso piedras por el camino y tentetiesos de pantalla, que se dio golpes en el pecho, que luchó contra la corrupción a capa y espada, que proclamó la honradez como parte esencial de su crédito político, que se hizo la tonta y se hizo la rubia, pero al final nada, le toca sentarse en el banquillo.

Debe de ser que Aguirre, a pesar de todos sus numeritos, no termina de encajar en el rol de papamoscas y por eso su defensa de «me engañaron entre todos» no ha cuajado tan bien como otras veces. No hay duda de que tenía un ojo infalible para elegir colaboradores a su altura, desde Francisco Granados a Ignacio González, por no hablar de su sucesora en el cargo, Cristina Cifuentes, una mujer que repitió tantas veces aquello de que el PP mantiene una tolerancia cero frente a la corrupción que no ha habido más remedio que admitir que decía la verdad. Cero pelotero. La nada absoluta. Desde altillos forrados de euros a cremas mangadas en el Eroski todo en el PP madrileño era un casting del Torete. Quién iba a decirlo.

Esto es lo que ha heredado Díaz Ayuso, un banquillo repleto de imputados cinco estrellas y una contabilidad más negra que los charcos de Chernobyl. De ahí no se libraba ni el perro de Aguirre, Pecas, pobrecillo, muerto el año pasado tras atropellarle un vehículo, aunque los mal pensados afirman que fue para que no ladrara más de la cuenta. Me refiero a la cuenta de twitter de Pecas, llena de ladridos y arrumacos a su ama que fielmente tecleaba Díaz Ayuso, otra que tampoco sabía nada y menos que va a saber al paso que va la fiesta. Sí, creíamos que la vieja defensa de «yo soy tonta perdida, señor juez» era irrebatible. Debe de ser también que el juez es sordo.