Opinion · Punto de Fisión

Me llamo Bond, Jane Bond

Tal vez no sea muy buena idea, en lo que respecta a las reivindicaciones feministas, ponerse a calcar lo peor de los valores masculinos, darles la vuelta como un calcetín y cambiar de sexo para redondear la jugada. Hace un par de años, Elisa McCausland publicó un ensayo donde decía que Wonder Woman profetizaba «la disolución de las estructuras patriarcales», sin caer en la cuenta de que Wonder Woman -del cómic a la encarnación cinematográfica, contando todos sus avatares-, más que un icono feminista es una fantasía sexual para hombres, un desplegable del Playboy a todo color.

La prueba es que la productora estuvo a punto de rechazar a Gal Gadot porque no la veía con suficientes tetas, un símbolo feminista incontestable, aunque yo creo que más de dos tetas sería pasarse. Un buen número de artículos y reseñas señalaron que por primera vez -atención- aparecía una heroína femenina verdaderamente independiente en el séptimo arte, tirando alegremente a la basura media historia del séptimo arte, desde Greta Garbo, Mae West y Katharine Hepburn a Sigourney Weaver, Jodie Foster y Uma Thurman.

Ahora el patio lo acaba de alborotar Pierce Brosnan al declarar para la revista Hollywood Reporter que ya ha habido bastantes hombres en el papel durante cuatro décadas y que ya va siendo hora de que lo interprete una mujer. Él mismo estuvo muy cerca de conseguirlo, cuando feminizó al agente 007 hasta casi el travestismo a base de estirarse los puños de la camisa y de dejar el tabaco -para dar ejemplo a la juventud, dijo, considerando que la violencia, el asesinato, la chulería y el machismo impertérrito del personaje eran lecciones de ética kantiana.

Netflix se ha adelantado a estos deseos al anunciar una teleserie inspirada en James Bond con un protagonista homosexual. Los creadores de Q-Force advierten que no será una comedia, pero el formato de dibujos animados, hecho con la intención de abaratar costes, tampoco es que vaya a dar mucho juego. Rupert Everett se ofreció para continuar la franquicia hacia 2004, cuando Brosnan abandonó la pajarita, y habría sido sencillamente perfecto para el rol de 007, pero su condición abiertamente gay lo vetó en una competición donde también estaban Clive Owen y Jude Law y que finalmente ganó Daniel Craig con un James Bond más ruso que inglés y bastante parecido a Putin.

Se rumorea que la actriz Lashana Lynch podría reemplazar a Craig en la próxima entrega de 007, una jugada ciertamente arriesgada puesto que Lynch, además de mujer, es de raza negra. Este cambio en el color de piel ya venía implícito en la especulación, sostenida hasta hace muy poco, de que Idris Elba iba a hacerse con el papel. Dejando aparte el sadismo homicida y el machismo intrínseco al personaje, hay un leit-motiv fundamental en todas estas metamorfosis: sea hombre o mujer, gay o hetero, el candidato perfecto para el agente secreto menos secreto del mundo debe pasar, indefectiblemente, por un físico apabullante made in Hollywood. Lo verdaderamente transgresor sería un James Bond gordo, anodino y vulgar, una caracterización mucho más acorde con el mundo real del espionaje. Lo cierto es que Roger Moore fue el único que entendió que a James Bond no hay forma humana de tomárselo en serio.