Opinion · Punto de Fisión

Autodestrucción mutua asegurada

Según los últimos estudios, cada dos horas y media se suicida una persona en España: diez suicidas al día, dos de los cuales, en los últimos meses, son siempre Sánchez e Iglesias, que no paran de suicidarse de maneras sumamente elegantes e imaginativas: arrojándose desde lo alto de una entrevista, cortándose las venas con un sondeo electoral, inyectándose una sobredosis de ego o asfixiándose bajo un montón de excusas. Lo bueno es que se trata de un suicidio por poderes, de efecto retardado, en el que los cadáveres, de momento, gozan de excelente salud. Un suicidio a cámara lenta y a la vista de todo el mundo en el que el público se lo pasa pipa.

Resulta fascinante asistir al momento en que nacen las leyendas. Algún día, en los manuales sobre partidas de póquer, aparecerá el juego de envites y faroles entre PSOE y Unidas Podemos como una de las más vistosas estrategias para quedarse sin blanca que pueden darse en una timba, justo entre perder todas las fichas tras una vomitona en el retrete, borracho perdido, y ahorcarse de la lámpara más chula del salón con tres ases en la mano y otro de camino. También podría salir de ejemplo en un tratado de lógica, en una nota a pie de página sobre el dilema del prisionero, si ambos jugadores decidieran, en lugar de cooperar, intentar fugarse de la cárcel a cabezazos.

Era difícil hacerlo, pero Pedro y Pablo, los Picapiedra de la política española, lo han conseguido. No ponerse de acuerdo ni en un solo punto en común con un ejército de asesores e intermediarios, aunque de ello dependa el futuro del país y pese a que ese único punto sea la urgencia, la necesidad absoluta de que no gobierne la derecha. Es verdad que se han visto negociaciones de divorcio más peliagudas, agrias y asquerosas, pero hace falta estar casado previamente para lograr tales niveles de sordera y rencor. A estas alturas de la película, ambos líderes no se han movido de sus posiciones respectivas ni un milímetro, salvo para alejarse más si cabe de un posible acuerdo, no vaya a ser que pensemos que un día podrían llegar a entenderse con alguien de otro partido o incluso del suyo. Lo único que han cambiado ambos es su acta de nacimiento, que ahora se circunscribe al área de Bilbao: ¿para qué vamos a hablar, Patxi, si esto podemos resolverlo a papeletas?

A riesgo de destriparles la película, la situación de Pedro y Pablo viene simbolizada por una secuencia de Midsommar, la cinta de terror de Ari Aster que podría ser una obra maestra si no fuese porque buena parte del argumento está calcado de El hombre de mimbre, aquella sombría fábula pagana que dirigió Robin Hardy en 1973. En la secuencia a la que me refiero, una pareja de venerables ancianos suben a un precipicio para practicar el aettestup, el salto ritual vikingo con que los ancianos ponían fin a su vida para evitar que sus familiares les siguieran pasando la pensión. Es admirable que Pedro y Pablo hayan pensado en despeñarse juntos de la mano en unos comicios: primero le han ofrecido en bandeja a la derecha la Comunidad y la Alcaldía de Madrid y ahora van a dejarle el gobierno de herencia póstuma con una hostia de campeonato. En cuanto a los sondeos que pronostican un subidón del PSOE y Unidas Podemos en octubre habrá que recordar que el padre Brown advirtió que si alguna vez se le ocurriera matar a alguien sería a un optimista.