Opinion · Punto de Fisión

Rufufú a la urdangarina

En el final de Rufufú, de Mario Monicelli, una de las comedias fundamentales del séptimo arte, la banda de atracadores más penosa que jamás haya cruzado una pantalla se resigna al fracaso profesional y se va dispersando por el amanecer romano mientras la ciudad se despereza. Uno de ellos, escarmentado, aguarda junto a un grupo de obreros a que abran la cancela de una fábrica y desde lejos uno de sus compañeros le advierte como si fuese a contagiarse la peste: «¡Peppe, no seas loco, que te van a hacer trabajar!»

Si Iñaki Urdangargín hubiese visto más cine, quizá habría aprendido que Jehová inventó el trabajo como castigo eterno y que los riesgos laborales se llaman así por algo. El trabajo es peligrosísimo, eso lo sabe todo el mundo, especialmente los aristócratas, que por eso mismo ni se arriman. El ex duque de Palma podía haberse limitado a disfrutar del ducado, a fumárselo como si fuese un cigarrillo y no dar ni palo al agua, pero no, le entró la fiebre del curro y se puso a mover millones y a desviar fondos públicos enloquecido. Los ladrones de Rufufú iban a reventar una caja fuerte y terminaban reventando un frigorífico, mientras que Urdangarín cada vez que abría un frigorífico se encontraba una caja fuerte. Cosas que pasan.

El Juzgado de Vigilancia Penitenciaria 1 ha considerado oportuno que Urdangarín salga dos días a la semana para desarrollar un programa de voluntariado en una institución religiosa madrileña y que así se vaya acostumbrado de nuevo a la vida laboral. Se trata, según dicen, de paliar los efectos de la soledad prolongada, ya que Urdangarín cumple condena en un módulo privado con patio propio, comedor a la carta y duchas personalizadas, donde estuvo preso también Luis Roldán. Siempre ha habido clases, incluso en el trullo, y a Urdangarín lo único que le ha faltado es que le fabriquen una prisión para él solo, como a Rudolf Hess en Spandau.

Sin embargo, se trata de un grave error obligar a que Urdangarín se habitúe otra vez al trabajo, teniendo en cuenta que fue por culpa del trabajo, no del ocio, por lo que lo acabó encajonado entre rejas. Mientras estuvo haciendo el duque, actuando de cuñado oficial hasta que se apagaron las luces, no hubo el menor problema, pero fue verse con una nómina y empezar a jugar otra vez al balonmano. «Yo presido la mayor parte de mi tiempo laboral un instituto de investigación» dijo una vez Urdangarín en una entrevista. «Desarrollamos investigaciones y proyectos en el área de estrategia de la empresa, relacionados con un campo muy concreto que es el tema del patrocinio, el mecenazgo y la responsabilidad social». Sólo ahora se entienden esos documentales donde muestran la aduana de Canadá, una frontera inflexible en la que no sólo hay que sortear guardias ceñudos, perros entrenados y detectores de metales, sino que impiden el paso a cualquier incauto que lleve encima un permiso de trabajo. En eso la policía canadiense es inflexible: «¡A quién se le ocurre! ¡Quería venir a trabajar!»