Opinion · Punto de Fisión

El Guernica torero

Hace sólo unos años, a cualquier magufo que se le ocurriera decir que Neil Armstrong no había pisado la Luna o que las vacunas provocan autismo nadie le hacía mucho caso. Se echaba uno unas risas y punto. Hoy, sin embargo, gracias al poder de las redes sociales, las tonterías y los bulos se propagan a velocidad de la luz y hay repúblicas completas de magufos capaces de sostener, contra toda evidencia científica, que la Luna continúa virgen y que las vacunas son perjudiciales para la salud. En una sociedad donde el saber está al alcance de casi todo el mundo y las bibliotecas son de libre acceso, da lo mismo hacer una teoría a prueba de tontos porque los tontos son muy ingeniosos. Sólo en un mundo como el nuestro es posible que un botarate como Donald Trump alcance la presidencia de los Estados Unidos y que haya una asociación internacional de lerdos defendiendo la peregrina idea que la Tierra es plana.

Resulta increíble la cantidad de tiempo y esfuerzo invertidos en intentar convencer a un ignorante profesional de un dogma científico, no digamos ya cuando el ignorante se aferra a un hecho histórico irrevocable, que eso no lo sabe nadie. De este modo, los cruzados mágicos de Vox pueden examinar el franquismo desde la arcadia de «extraordinaria placidez» de Mayor Oreja, oponiéndose no sólo al grueso de la historiografía seria sino también a la condena unánime refrendada en el Congreso de los Diputados allá por noviembre de 2002, una resolución impulsada inesperadamente desde el PP. Cada uno puede opinar lo que quiera y por eso ellos no condenan el golpe de estado del 36, ni la revolución del 34, ni la dictadura de Primo de Rivera, ni el bienio liberal, ni Atapuerca, ni la Santa Inquisición. Nada, excepto los putos moros.

En este desbarajuste del conocimiento, donde la creencia sustituye a la ciencia y la opinión a la erudición, no es de extrañar que durante tres años, en la web oficial de la ONU, el Guernica, la obra maestra de Picasso, haya estado catalogado entre los «obsequios» cedidos a la organización como un lienzo pintado «en protesta contra las atrocidades de la República durante la guerra civil española». Parece una definición de Pío Moa, sí, pero es que, la mayor parte de las veces, la ONU parece sacada de uno de los tebeos de Pío Moa. El monumental gazapo da una pequeña idea de qué cerebros privilegiados triunfan en las más altas instancias y también de en qué manos andan los asuntos referidos a la paz en el mundo. Es normal, puesto que la copia autorizada del Guernica que cuelga en la entrada del Consejo de Seguridad de la ONU fue decorosamente cubierta en 2003 para que los niños muertos y los animales despedazados no empañaran el entusiasmo bélico del discurso de Colin Powell.

Poco importan los hechos: que Picasso empezó a pintar el cuadro en 1937 por un encargo de la República para exhibirlo en el pabellón español de la Exposición Internacional de París; y que se inspiró directamente en las noticias sobre el atroz bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor durante la guerra civil. La nueva versión de los magufos fachas es que Picasso pintó por chicuelinas el Guernica en 1935 en recuerdo del torero Ignacio Sánchez Mejías, un diestro cuya muerte inspiró poemas inolvidables a Alberti y a Lorca. Lo llamó Guernica sólo por joder y la madre que sostiene a un niño muerto entre los brazos es, en realidad, la fallera mayor quejándose del precio de la entrada a la plaza.