Opinion · Punto de Fisión

La franquicia Franco

Con Franco muchos españoles tenemos una relación complicada, como los adolescentes de La noche de Halloween o de Viernes 13, que ven impotentes como Michael Myers o Jason Voorhees se levantan una y otra vez de la tumba, invulnerables a la muerte, a la tumba y a la podre. El mayor genocida de nuestra historia bien podía protagonizar una saga que iba a dejar en ridículo las de esos psycho-killers aficionados armados con hachas y machetes: en número de víctimas, en la impunidad de crímenes, en la variedad y brutalidad de torturas. Por no faltar, no falta ni el campamento al aire libre donde se celebra cada años el aquelarre.

Curiosamente, ha sido el Tribunal Supremo quien ha dado un nuevo empujón a la Franquicia, una decisión polémica y envuelta en inextricables telarañas legales, como sucede en España a cada nuevo mazazo de la justicia. Por en medio hay una licencia de obras en la basílica del Valle de los Caídos, bloqueada por el juez José Yusty, además de los recursos que la familia Franco pueda interponer ante el Tribunal Constitucional e incluso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, un recurso que sería ya de mear y no echar gota. También cabe la posibilidad de que se atrincheren en Cuelgamuros armados de una guitarra y canten el «No, no, no nos moverán», igual que en el barco de Chanquete.

La mojama de Franco es la expresión hispánica de la imposibilidad del movimiento, aquella paradoja de Zenón que advertía que es imposible cumplir un mandamiento del Tribunal Supremo porque antes hay que torcer el brazo de un juez, y antes de eso llevarle la contraría al abad en funciones de la basílica, y lo primero de todo sortear los santos cojones de la familia más importante del país. Por no hablar de sus amiguetes de Vox, quienes han expresado el derecho de la familia a que sus muertos estén enterrados donde quieran, no como esas miles de familias que tienen a sus abuelos desperdigados por las cunetas. Esos muertos no tienen ningún derecho: que se jodan y que sigan enterrados donde a Franco le dio la gana.

Por pura casualidad, esta enésima formulación de la paradoja de Zenón va a preludiar la campaña electoral del PSOE, un partido que suele limpiarse el culo con sus promesas por una simple imposibilidad metafísica. Ni la equiparación salarial, ni la derogación de la reforma laboral del PP, ni la retirada de la Ley Mordaza, ni el retiro de la medalla y los beneficios fiscales a Billy el Niño, ni la ilegalización de instituciones fascistas como la Fundación Francisco Franco, ni nada de nada. La semana pasada, en el B.O.E., el gobierno en funciones renovó el ducado con grandeza de España que el dictador concedió en 1948 a título póstumo al fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera. La momia de Franco es oro puro para el PSOE, una Franquicia que no va a desperdiciar ni en sueños con los créditos que le está dando.