Opinion · Punto de Fisión

Rambo después de muerto

Franco, como el Cid, continúa ganando batallas después de muerto. Y más o menos usando los mismos métodos que el Cid. Recuerdo un viejo chiste de la revista El Papus, en el que se veía a las mesnadas cristianas con una pinza en la nariz llevando de mascarón de proa el cadáver podrido y humeante de moscas mientras los moros huían dando gritos: «¡Qué peste!» y «¡Qué cabrones estos cristianos!»

Por cierto, y siguiendo con el símil, el 20 de septiembre de 1977, un paquete bomba estalló en la redacción de El Papus, en la calle Tallers 77, en Barcelona, un atentado reivindicado por la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista) que mató al conserje Juan Peñalver e hirió gravemente a otros 18 trabajadores. La justicia de entonces, por no molestar, ni siquiera lo consideró un atentado terrorista y tramitaron el asesinato, la invalidez de la secretaria, Rosa Lores, y las graves lesiones restantes en el apartado humorístico de «accidente laboral». Tampoco le faltaban precedentes históricos al tribunal puesto que en España a García Lorca y a Miguel Hernández, entre muchos otros, les habían ocurrido «accidentes laborales» parecidos.

Pero volviendo al Cid y a sus póstumas victorias de ultratumba, quién iba a decir que Franco acabaría siguiendo las enseñanzas de Gandhi sobre la resistencia pasiva y la desobediencia civil mientras sigue aferrado a su tumba en el Valle de los Caídos. El problema con los restos del Caudillo es que están diseminados por toda la geografía española, lo mismo que una invasión zombi. Por eso mismo, para evitar incidentes, carreteras cortadas y manifestaciones multitudinarias, la Guardia Civil planea un dispositivo aéreo en que la mojama de Franco sea trasladada en helicóptero hasta su lugar de reposo definitivo.

Es una decisión tremendamente arriesgada, ya que Franco, por muy muerto que esté, no se va a dejar manosear así como así y la puede liar parda. A pesar de su estatura chaparra y su aerodinámica de botijo, Franco es nuestro Rambo particular, un tipo capaz de hacerse él solo con el helicóptero como en Rambo II, o bien de acertarle al francotirador con una piedra, como en Acorralado. En Mataelpino, nombre heráldico donde los haya, un veterinario en paro superó ampliamente la hazaña de Rambo al derribar de una pedrada un helicóptero del Ejército de Tierra que estaba realizando unas maniobras.

«Eso que usted llama Cuelgamuros, él lo llama hogar» podría decir el coronel Trautman en la versión hispánica de Rambo. Y también: «No he venido aquí para salvar a Franco de ustedes, sino a ustedes de él». Pocas cosas le gustaban más al Caudillo que matar seres vivos y destrozar cosas, hasta el punto de que en la famosa foto que le hicieron después de una de sus masacres de animales, el fotógrafo tuvo que subirse a una escalera para sacarlo junto a las cuatro mil y pico perdices abatidas, y entonces Franco bromeó: «Tenga cuidado que, como se caiga, lo tendremos que poner entre las perdices». Dicen que, cuando las autoridades le enseñaron las vidrieras de la catedral de León, asegurándole que eran tal vez las mayores de la cristiandad, soltó: «Pues sí que tienen una pedrada».