Opinion · Punto de Fisión

Almeida, alcalde de Gotham

Las ventajas de tener de alcalde de Madrid a un señor que podría interpretar sin el menor problema a un villano de Batman no se han hecho esperar. Habitualmente, el Joker, el Pingüino, Catwoman o Dos Caras trabajan en callejones oscuros, a la luz de una hoguera, frotándose las manos mientras traman sus planes pérfidos, pero Almeida maniobra ante focos y taquígrafos, sin necesidad de caretas ni maquillaje. A lo máximo que ha llegado Almeida a la hora de disfrazarse fue a vestirse de chulapo y lanzarse a bailar un chotis en un centro de mayores: parecía que le hubiera picado una araña radiactiva y que en cualquier momento fuese a escupir telarañas por las muñecas y a subirse por las paredes. Sin embargo, en cuanto pasó la campaña, regresó a su mecánica habitual de bipedestación y se puso otra vez la máscara de Almeida.

Como villano, Almeida repite la astucia de Clark Kent, de quien Tarantino nos enseñó que era el único superhéroe que no lleva un disfraz, porque su disfraz es precisamente el de Clark Kent. A Superman le basta ponerse unas gafas y, voilá, desaparece entre la gente, camuflando su masa de músculos bajo la chaqueta. Almeida también aparenta ser una persona normal, aburrida, anodina, hincacodos, pero detrás de las gafas (tres contra uno a que no tienen una sola dioptría) y de su pinta de funcionario gris kafkiano se oculta un supercerebro capaz de urdir maldades acojonantes y rocambolescas. Samuel L. Jackson iba en silla de ruedas y se peinaba con un vibrador, pero la única pista que da Almeida, aparte de su filiación política, es que es forofo del Atleti.

Hace falta mucha imaginación, sí, pero hay que imaginarse qué sería de Gotham si tuviera de alcalde al Pingüino, al Joker o a Hiedra Venenosa. Ante la imposibilidad física de salir elegido en Gotham, puesto que se trata de una ciudad de tebeo, Almeida está haciendo todo lo posible para convertir a Madrid en Gotham, una urbe ficiticia que parece una cochiquera, caracterizada por la nocturnidad, la alevosía y las hordas de criminales campando a sus anchas. De momento, le está saliendo bastante bien, con un plan para triplicar las tasas de contaminación dentro del núcleo de la capital y otro para traerse gratis la mierda procedente de Alcalá de Henares.

Entre deshechos y basuras el PP de Madrid se siente como en casa, tanto que este proyecto de importación de desperdicios ha llevado a un desencuentro entre Almeida y Villacís, que antes eran uña y carne, aunque nunca estuvo muy claro dónde terminaba la carne y dónde empezaba la uña. Villacís fue, junto a Esperanza Aguirre, una de las principales impulsoras de la campaña «Casemos a Almeida», pero pronto se toparon con que hasta First Dates tiene sus límites. Buscarle una novia a Almeida, el soltero de oro, no iba a ser nada fácil, más que nada porque Almeida, igual que el nibelungo rencoroso del Anillo wagneriano, entre el amor y el poder, lo mismo que entre Notre Dame y la selva amazónica, prefirió la muy europea vara de alcalde.

Ayer Alejandro López de Miguel descubrió en este mismo periódico que Almeida (quien no recurrió la sentencia del Tribunal de Cuentas contra el escándalo de la revocación de la condena contra los fondos buitre porque no quería derrochar el dinero de los madrileños en venganzas estériles) se fundió 14.520 euros de los madrileños en un informe que justificara su decisión de cruzarse de brazos. Teniendo en cuenta que la venta de las viviendas protegidas causó un perjuicio de más de 25 millones de euros en las cuentas del Ayuntamiento, hay que concluir que Almeida piensa a lo grande. No me negarán que hace falta un supercerebro para eso.