Punto de Fisión

Exhumation day

Para haber decretado, como lo hizo el gobierno allá por junio, que la exhumación de Franco sería secreto de Estado, les ha salido una ceremonia de lo más folklórica y vistosa. Pocas veces se habrá visto un secreto de Estado tan taquigrafiado y tan bien llevado a hombros. Tendrían que haber caído chuzos de punta pero incluso el clima acompañó con un sol de injusticia, porque la baraka sonríe al dictador hasta después de muerto. Sólo faltó que los aficionados montaran una megapaella cerca de la basílica con la bandera pintada a base de pimientos y un aguilucho confeccionado con langostinos. Alex de la Iglesia rodó un esperpento (Balada triste de trompeta) con la cruz ciclópea del Valle de los Caídos de fondo, pero como siempre la realidad se encargó de desmentir al cine y ponerlo en su sitio.

La verdad es que ni Berlanga podía haber superado este funeral de incógnito aireado a los cuatro vientos y retransmitido a medio mundo por televisión. Entre los costaleros, Luis Alfonso de Borbón y Francis Franco, el dúo dinámico, una metáfora bipolar y perfecta de las dos grandes familias que se han ido pasando la antorcha del poder en este país, de tribunal a tribunal y de transición en transición. La comitiva fúnebre cargaba un féretro cubierto con la Laureada de San Fernando, aunque el ropón pardo con que lo habían envuelto daba la impresión de que estaban transportando un brazo de gitano tamaño cuartelero. Tampoco era mala metáfora.

Por lo que explicaron días antes, parecía que el plan del gobierno era sacar a Franco por la puerta de atrás, sin que se enterarse ni el gato, como si fuese Bin Laden, y tirar los restos en un vertedero, pero luego se lo pensaron mejor: la clásica promesa del PSOE que jamás llega siquiera a la intención. También estaba prohibida la exaltación del franquismo en Mingorrubio, pero a última hora se canceló, y el público, coreado por representantes de la Fundación Francisco Franco, acabó cantando el "Cara al sol" a pleno pulmón y con el brazo en alto.

Hasta el Parlamento europeo llegó la putrefacta ola del franquismo, con algunos voceros de Vox gritando "profanadores" ante el cumplimiento de un auto del Tribunal Supremo. Para ellos en este país sólo cuentan dos docenas de familias: ni una sola de las miles que aún andan buscando a sus muertos por las cunetas tiene derecho a un entierro digno, ni el montón de osamentas que Franco ordenó apilar en el Valle de los Caídos para que le hicieran compañía. De la profanación de las víctimas ya hablaremos otro siglo.

Por si fuese poca pompa y circunstancia, y para que no faltase nadie, Pedro Sánchez ha enviado al funeral a una ministra, pudiendo enviar a un bedel a poner orden. Difícil hacerlo mejor si se trataba de darles bombo y publicidad a los fanáticos del golpismo y a los alabarderos del genocidio, aunque sospecho que no se trataba de eso. Al PSOE le está quedando una Ley de Memoria Histórica escrita en papel higiénico.