Punto de Fisión

El interior del ministerio

¿El ministro del Interior nace o se hace? Peliaguda cuestión, especialmente en esta España nuestra en la que teníamos una plantación de ministrables donde los agricultores seleccionaban personalmente los ejemplares más lustrosos y lozanos. Sólo así se explicaba que hubieran llegado al sillón especímenes de la talla de Manuel Fraga Iribarne, Rodolfo Martín Villa, José Barrionuevo o José Luis Corcuera, por centrarnos únicamente en los primeros decenios de la democracia. Cuando era ministro de Gobernación, Fraga dijo que la calle era suya, una frase que se corresponde casi punto por punto con la ley de "la patada en la puerta" propuesta por Corcuera.

Corcuera hablaba de puertas para adentro y Fraga de puertas para afuera, con lo que el círculo se había cerrado desde el primogénito de una familia de doce vástagos, catedrático en diversas disciplinas académicas, hasta un sindicalista de clase trabajadora especializado en cables y enchufes. Estaba claro que la extracción social y los estudios tenían poco que ver a la hora de formar un ministro del Interior español de pura cepa, con lo que la teoría del ambiente quedó abandonada a favor de la hipótesis genética, que aventuraba la existencia de un mínimo común múltiplo entre los cromosomas de diversos sujetos.

La hipótesis genética enseguida fue refrendada por los siguientes ocupantes del cargo, entre ellos, Juan Alberto Belloch, Jaime Mayor Oreja y Mariano Rajoy, que parecían compartir hasta la barba. En los últimos años, el genetismo parecía incontestable ante las actuaciones surrealistas de Jorge Fernández Díaz y Juan Ignacio Zoido, un ministro que hablaba con la Virgen y otro que le escribía cartas, lógico puesto que ambos la habían condecorado con medallas al Mérito Policial y tenían que saber cómo iban a recibir esos honores los coros celestiales. No cabía duda de que los ministros del Interior españoles nacían ya hechos y derechos, salvo algunas excepciones que confirmaban más que anulaban la regla.

Sin embargo, la hipótesis empezó a tambalearse con el nombramiento de Fernando Grande-Marlaska, un hombre al que se le pueden cuestionar muchas de sus actuaciones judiciales (y de hecho se le cuestionan), pero que distaba años luz de los excesos circenses de sus antecesores y destilaba seriedad por los cuatro costados. Al menos, hasta ayer mismo, en que se publicaba una entrevista en La Razón donde señalaba que "todos los operativos han dicho que (en Cataluña) hubo una violencia de mucho mayor impacto que en el País Vasco. No se habían enfrentado nunca a una violencia de esa naturaleza".

Teniendo en cuenta los más de ochocientos muertos, los centenares de heridos, las miles de familias destrozadas y los miles de vascos exiliados, cabe preguntarse a qué se refería exactamente Marlaska con el término "violencia" y más aun con el término "impacto". Probablemente, no al de un 9 mm. parabellum, ni a la explosión de un coche bomba, ni quizá tampoco a los autobuses ardiendo y las barricadas improvisadas de la kale borroka. Comparar los disturbios callejeros en Barcelona con la sangre de los asesinatos y el humo de la pólvora que campó durante decenios en Euskadi resulta una frivolidad de tal calibre que hace pensar que una Virgen condecorada ha bajado de los cielos para susurrársela al oído. No digamos ya cuando semejante comparación la esgrime un juez. ¿El ministro del Interior nace o se hace? Puede que se trate de una tradición made in Spain, como los toros o el gazpacho. A lo mejor se hace en el interior mismo del ministerio.