Opinion · Punto de Fisión

Gracias, Pedrete

En el mus la peor mano que un jugador puede sacar es un 4, un 5, un 6 y un 7. Se denomina «Pedrete» y en algunos lugares -por ejemplo, en el barrio de mi niñez- cuando uno mostraba un «Pedrete» se apuntaba un punto de chica por tan notoria exhibición de mala suerte y recibía otras cuatro cartas. A partir de ayer domingo, el «Pedrete» va a designar también el fenomenal batacazo de Pedro Sánchez, que con un juego de naipes bastante decente no quiso pactar una coalición de izquierdas y pidió una segunda ronda electoral después de seis meses de autismo sólo para conseguir unos resultados mucho peores. Todo gracias a las presiones del Ibex, a la desfachatez irredenta del PSOE, a los consejos de un Fouché de autoayuda llamado Iván Redondo y a la soberbia infinita del personaje, un hombre tan pagado de sí mismo que todavía sigue sin entender que la democracia no consiste en que lo elijan únicamente a él.

En cierto modo, era lógico que hasta ayer mismo Sánchez anduviera entusiasmado consigo mismo, encantado de conocerse, besando los espejos por los que pasaba y aleccionando a los periodistas sobre lo que tenían que preguntarle. Había sorteado un magnicidio dentro de su propio partido, había derrotado a la candidata oficial Susana Díaz y había conseguido auparse hasta la presidencia del gobierno gracias a una moción de censura en la que recibió el apoyo de Unidas Podemos y de una alianza de formaciones independentistas. Como en los cuentos infantiles o en las fábulas mitológicas, Pedro Sánchez aparecía poseído por la hibris, el orgullo desmedido que despeñó a tantos héroes griegos. ¿Para qué necesitaba formar gobierno con la ayuda de esos aficionados de Podemos y de cuatro gatos independentistas? ¿Cómo no iban los españoles a votarlo en masa si era el candidato más alto y el más guapo?

Ahora sí, ahora, con tres escaños menos y las fuerzas de sus aliados naturales mermadas, Sánchez ha visto además que el PP ha recobrado oxígeno y que Vox prácticamente ha doblado su presencia en el Congreso. Pensaba que la maniobra de sacar a Franco del Valle de los Caídos le iba a sumar un montón de votos y lo único que ha conseguido es resucitarlo para que vuelva a tomar parte en la política española con voz y voto. Unidas Podemos retrocede unos cuantos escaños y Ciudadanos casi se evapora en el grupo folklórico tras el mayor gatillazo de la democracia española. Como se ve, el audaz envite de la repetición electoral le ha salido redondo a Sánchez, Iván Redondo para ser exactos. Nunca les estaremos bastante agradecidos por la hazaña de lograr que en España la ultraderecha haya salido por fin del armario histórico.

También hay que aplaudir la estrategia de mitosis de Más País, que, a costa de hacer un ridículo pasmoso en su estreno nacional, ha torpedeado a sus antiguos camaradas y permitido el ascenso de Vox hasta alturas estratosféricas. Gracias a su afán de protagonismo, Errejón pretendía ser el niño en el bautizo y ha sido el muerto en el entierro.

Con el «Pedrete» da igual que los naipes sean oros, copas, espadas o bastos. El escenario político sigue tan bloqueado como antes, sólo que aun peor, con los eslabones mucho más débiles, la izquierda más dividida, la derecha más fuerte y los rencores enconados hasta la exasperación. Pero no hay que descartar, teniendo en cuenta el optimismo irrefrenable del presidente, que se empeñe en convocar unas terceras elecciones, a ver si hay suerte y defenestra al PSOE de una vez por todas. Sánchez ha encarnado en términos electorales aquel chiste de Jaimito, el de ese delantero centro tan idiota que metió un gol y en la repetición lo falló.