Opinion · Punto de Fisión

Albert Rivera sin frenos

En la carrera de Autos Locos en que anda empeñada la política española de los últimos años, el Superconvertible de Albert Rivera ha sido el primero en abandonar, ampliamente rebasado por el Espantomóvil de Sánchez, el Mafiamóvil de Casado, el Alambique Veloz de Iglesias y el Rocomóvil de Abascal, un modelo prehistórico y anterior a la invención de los pedales pero cuyas prestaciones están fuera de toda duda. El Superconvertible se lo compraron al profesor Locovitch en un desguace al por mayor, le montaron encima una cáscara de naranja y una veleta, y lo utilizaron para pruebas cortas por Cataluña; sin embargo, enseguida comprobaron que el todoterreno se adaptaba a cualquier superficie y decidieron lanzarse por pendientes cada vez más empinadas y más peligrosas hasta que se decidieron a competir en la Vuelta a España.

Lo bueno de Ciudadanos -el Superconvertible del profesor Locovitch- es que servía lo mismo de tractor que de cosechadora, circulaba igual de bien por la izquierda que por la derecha, admitía marcas y pegatinas de todos los colores y podía recoger por el camino a cualquiera, desde autoestopistas errantes como Girauta a cómicos fracasados como Toni Cantó o Felisuco. Tenía también algunos problemas de fabricación, sobre todo que no se agarraba a fondo en las curvas, quizá por la manía de querer tomarlas desde el centro de la calzada para acabar derrapando siempre a la derecha.

A Albert Rivera hay que reconocerle, al menos, que ha sabido admitir la derrota, al ser el único líder político tras Adolfo Suárez en presentar la dimisión tras un vapuleo electoral (Alfonso Guerra, por ejemplo, decidió esperar para presentar la suya hasta el día en que empezó la Guerra del Golfo, a ver si tenía suerte y los telediarios se equivocaban de golfo y de guerra). Frente a esa costumbre ancestral en la política española de salir al balcón como Pepe Isbert en Bienvenido, Míster Marshall y anunciar unos excelentes resultados de mierda, Albert no ha esperado ni 24 horas para hacerse el seppuku, un sacrificio que la banca le sabrá agradecer y que seguramente le recompensarán muy pronto con un sillón por los servicios prestados.

En el Superconvertible de Ciudadanos, es posible que el superávit de cómicos inclinara en exceso el vehículo, pero los últimos y penúltimos bandazos del conductor ya no daban tanta risa como miedo. Era lógico que el viaje concluyera de pena. No había desvío ni carretera comarcal donde Rivera no se atreviera a pegar volantazos escalofriantes, desde clamar contra la corrupción los martes a apuntalar gobiernos en descomposición los jueves, pasando por disfrazarse de abanderado del feminismo con un decálogo que parecía escrito en diez minutos en el retrete de Casa Pepe.

Tampoco es que ayudara mucho el dopaje con que se presentaba a los debates electorales, una lista de la compra o un trozo de adoquín arrancado de la vía pública, señalando ya a las claras que la tierra se le estaba yendo debajo de los pies e incluso de debajo de las ruedas. Cuando se puso a darse golpes en el pecho, intentando quitarle el puesto a Abascal, se encontró con que ya no quedaba ningún sitio a la derecha, salvo una fosa recién vaciada. Al final se puso a hablar con un perro y lo abandonó hasta Rosa Díez, pobrecillo. Ya era demasiado tarde para comprar unos frenos.