Opinion · Punto de Fisión

Dos hombres y medio

Justo antes de pegarse con Pablo Iglesias el abrazote que sellaba el primer gobierno de coalición de izquierdas en España desde la Segunda República, Pedro Sánchez no pudo resistirse: «Por la generosidad y la responsabilidad que hemos demostrado todos en el interés general de nuestro país, gracias de verdad». Lo decía de corazón y probablemente hasta se creía lo que estaba diciendo, el tío. Al fin y al cabo, Sánchez es un presidente del método, aunque todavía no sepamos muy bien qué método es ése, del mismo modo que seguimos sin saber cuáles eran los auténticos obstáculos que paralizaron durante medio año la alianza con Unidas Podemos.

Quién sabe, a lo mejor Sánchez pensaba que iban a sacar mayoría absoluta en los comicios, o a lo mejor Iván Redondo había contratado los servicios de un hechicero electoral en el que confiaba tan ciegamente como la directiva del PSOE en los pronósticos con barquillos y los birlibirloques numéricos de Iván Redondo. Lo cierto es que lo único que ha cambiado (en las 48 horas que han alumbrado un pacto que estaba muerto y enterrado) es el panorama político en el Congreso, con el centro hundido, el PP reforzado y la ultraderecha multiplicada por dos gracias a un segundo plebiscito que jamás debió haber tenido lugar. Más vale tarde que nunca es un refrán que siempre se sirve frío, igual que el hambre para mañana y los consuelos de tontos.

Probablemente, el factor decisivo a la hora de cambiar de opinión han sido esos 52 diputados de Vox sentados en el hemiciclo, convocados al módico precio de unas elecciones innecesarias. El suspiro unánime de la prensa al abrazarse por fin Sánchez e Iglesias, después de tantos meses, ha sonado con el eco de esas risas enlatadas que sazonan las comedias televisivas, un suspiro de alivio donde se adivinaban las instrucciones del regidor, quien seguramente estaba enseñando un cartel a los periodistas: «Por favor, no reírse». Sí, era igual que una de esas sitcom donde los conflictos se amontonan unos detrás de otros contra toda lógica merced al capricho de los guionistas y donde los protagonistas al final dicen «sí, quiero» tras un compromiso alargado artificialmente durante nueve temporadas.

La comedia que, sin saberlo, van a representar Sánchez e Iglesias en este gobierno de coalición es una versión española de Dos hombres y medio, donde Alan, un quiropráctico llorón, desgraciado y quejica (Iglesias), se instala de gorrón en el chalet playero de su hermano Charlie, un solterón alcohólico, ligón y desvergonzado (Sánchez) que se da la vida padre a base de componer musiquitas para anuncios. Por si fuera poco okupa, Alan lleva de paquete a su hijo pequeño (Errejón), un niñato malcriado que sólo piensa en zampar bollos y en ver la televisión. La clave maestra de Dos hombres y medio es que, contradiciendo la típica mojigatería yanqui, a Charlie le va viento en popa a pesar del maltrato continuo al que somete a su hígado, a su sistema digestivo y a sus novias (más o menos igual que el PSOE con sus votantes). De hecho, la mojigatería terminó venciendo el día en que los directivos despidieron al protagonista, Charlie Sheen, precisamente por llevar la misma vidorra de excesos, drogas y putas dentro y fuera de la pantalla. De momento, el piloto pinta bien. Vamos a ver qué pasa.