Opinion · Punto de Fisión

Cuando Venecia no sobreviva

Dos turistas orientales pasean muertas de risa por la plaza de San Marcos con el acqua alta hasta las rodillas y sendas bolsas de Louis Vuitton. Es una foto que resume bastante bien nuestra época y que también podría resumir Venecia, esa lujosa embajada de occidente que lleva siglos hundiéndose a cámara lenta. Puede desaparecer Venecia bajo las aguas, puede arder Notre Dame hasta los cimientos, pero siempre habrá tiempo para hacernos una foto antes del apocalipsis. En una página famosa de Radiaciones, sus diarios de la Segunda Guerra Mundial, Ernst Jünger, por aquel entonces un oficial del ejército alemán destinado en París, cuenta que subió a la azotea de un hotel para contemplar los fuegos de un bombardeo mientras se tomaba una copa de borgoña con fresas.

Por cosas así es por lo que Thomas Mann dijo que Jünger era «un libertino de la barbarie», pero en una entrevista posterior, el escritor explicó que no había cinismo ni signo alguno de salvajismo en esa pose de estudiada tranquilidad ante la lluvia de bombas, sino una especie de distanciamiento estético, una forma de enfrentar el miedo a morir. Jünger se sentía tan lejos de los pilotos aliados como de los civiles franceses que corrían indefensos por las calles, pero también de su propio uniforme, que tanto empezaba a repugnarlo después de enterarse de lo que estaban haciendo su país a los judíos, a algunos de los cuales salvó de una muerte segura.

A mediados de los ochenta, cuando estudiaba Filología Hispánica en la Universidad Autónoma de Madrid, un profesor de crítica literaria repitió en teoría la bravata de Jünger al sugerir que, si de repente supiéramos que un artefacto nuclear iba a detonar sobre la capital, nos invitaría a subir a una colina y disfrutar del espectáculo. Tampoco es que, caso de producirse un holocausto atómico, pudiéramos haber hecho mucho más, pero yo dudo mucho de que cualquiera de nosotros hubiera encontrado la serenidad con que Jünger se sentó a disfrutar de su borgoña entre el humo de las explosiones. Lo nuestro, más que nada, es impotencia posmoderna, la seguridad de que poco más se puede hacer, aparte de un comentario banal o un chiste frívolo, una vez que el rodillo de la historia nos haya pasado por encima. Como mucho, una foto.

Vemos la foto de Aylan Kurdi, el niño refugiado cuyo cadáver depositaron las olas en una playa de Turquía, nos estremecemos un segundo y pasamos página en un mundo en que la muerte no es más que un libro de fotografías empapado bajo el acqua alta. Hace más de tres años de esa foto y cientos, miles de niños, han seguido ahogándose bajo el bostezo apático de Europa, esa señora adormilada. Ayer mismo, la diva mexicana Paulina Rubio declaraba que el lujo absoluto consistía en «estar desnuda en la playa», un deseo que obviamente traía incluidas la fortuna, la mansión a orillas del mar y la playa privada, puesto que montones de refugiadas han terminado sus días desnudas en una playa sin llegar a considerar que el lujo era otra cosa que estar vivas aún.

Entre el sueño adánico de Paulina Rubio y la miseria absoluta de una buena parte de la población mundial, andamos nosotros, caminando por la Plaza de San Marcos con el agua hasta las rodillas y posando con bolsas de Louis Vuitton para las fotos del fin del mundo. Contaba Félix de Azúa que en Venecia todavía pueden comprarse esos vasos y copas de color rojo sangre, un tipo de cristal que se conseguía soplando oro fundido y cuyos vapores invadían los pulmones del artesano causándole la muerte; hace unos años aún podían comprarse bajo cuerda y costaban alrededor de seiscientas mil pesetas: el precio de la vida de un turco. Álvaro Muñoz Robledano escribió al respecto este poema, Cuando Venecia no sobreviva, unos veinte años atrás, y hoy descubro en él la profecía de nuestra indiferencia intacta:

No hay por qué preocuparse.

Podemos encender nuestros cigarros,

servirnos otra copa.

Nada sucederá esta noche salvo

un verso o la saliva

costra a costra dejada en nuestra piel,

o algún minuto más

y más tibio de música

en este simulacro.

El dolor es un punto cardinal

y no nos pertenece.

como no es nuestro el viejo y oxidado

cuchillo de bailar que nos mostraba,

tan orgulloso, nuestro amado padre,

o el amado y desconocido padre

que silbaba boleros en un anuncio,

en otro tiempo, ajeno,

quizás cruel, codicioso, del que escapa

esta noche, este vino.

De él y de tanto Sur como se acerca

para ahogarnos, tan próximo

ya, rozando sus puertas…

No. Venecia no sobrevivirá.

También se pudrirá bajo una alfombra

de raíces y cáscaras roídas,

bajo las mantas con que los mendigos

se cubren mientras tienden

la mano a otros mendigos,

llagas pidiendo llagas.

Pero no ocurrirá esta noche. Hoy

la muerte sólo es este vaso rojo.