Opinion · Punto de Fisión

Bolivia, tan lejos, tan cerca

Bolivia es un país raro, qué duda cabe. No hay más que ver a esas indígenas que llevan un bombín sobre el moño, visten poncho y fuman cigarros. Para entender Bolivia un poco, se recomiendan diversas estrategias, desde leer Cien años de soledad como si fuese el informe anual de una compañía de explotación de litio a ver una película de James Bond en clave realista. Desde tomar un vuelo hasta La Paz a no tomarlo.

Quantum of solace -una de las más flojas entregas de la muy floja franquicia de Daniel Craig en el papel de 007- se basa en la peregrina idea de un empresario extranjero que quiere hacerse con las riendas del país a través del ridículo y maquiavélico plan de controlar las reservas naturales de agua potable. Esta idea de bombero parecería sacada de un especial de Mortadelo y Filemón si no estuviese basada en hechos reales: en febrero de 2000 la Bechtel Corporation, con sede en Estados Unidos, una de las principales corporaciones de ingeniería del mundo, intentó privatizar el suministro de agua a Cochabamba con el beneplácito del presidente Hugo Banzer. Entre el paquete de medidas de la nueva Ley 2029 se señalaba que los campesinos tenían que adquirir una licencia si querían recoger agua de lluvia. La resolución provocó una monstruosa subida de precios, la declaración de la ley marcial y una escalada de huelgas y protestas con varios muertos y centenares de heridos. Los disturbios desembocaron en una crisis nacional que terminó con la huída del país de los ejecutivos de Bechtel, quienes finalmente interpusieron una demanda millonaria al gobierno boliviano que fue retirada varios años después.

Con historias como ésta detrás, quizá se explica algo mejor la rocambolesca situación política boliviana, entre un golpe de estado que técnicamente no es un golpe de estado -aunque tiene toda la pinta de un golpe de estado- y un ex presidente que quería perpetuarse en el poder refugiado en México más una senadora recién proclamada autopresidenta sin ningún tipo de respaldo legal. En unas declaraciones realizadas en plena efervescencia de señorío, Jeanine Áñez aseguró que había venido a devolver la Biblia al interior del Palacio Quemado, la sede del gobierno boliviano. Y cuando le preguntaron qué quería decir con esta vindicación política del Antiguo Testamento, la flamante okupa presidencial respondió que Evo Morales es ateo y que los socialistas habían impuesto sus ideas a los bolivianos “porque tenían los votos en el parlamento”. No como ella, que lo que tiene son unas mechas estupendas.

Aparte de destacar este sumamente curioso defecto de la democracia boliviana, Jeanine Áñez también lleva tiempo advirtiendo de otro de sus graves problemas endémicos: la pluralidad esencial de un país con cerca de cuarenta etnias distintas, más de treinta idiomas oficiales y numerosas religiones agolpadas en un estado laico cuya Constitución garantiza la libertad de culto desde 2009. Áñez resumió en 2013 su opinión al respecto con una serie de proclamas en las que decía: “Que año nuevo aymara ni lucero del alba!! satánicos, a Dios nadie lo reemplaza!!”(sic).

En cuanto a la diversidad racial y cultural de Bolivia, basta repasar este otro tuit de la buena señora, tal vez en referencia directa a su rival, Evo Morales: “Sueño con una Bolivia libre de ritos satánico indígenas. La ciudad no es para los indios, que se vayan al altiplano o al Chaco”. No hay más que visualizar a Jeanine Áñez con un bombín, un poncho y un cigarro, metamorfoseada en cholita, para entender esta nueva versión del clásico de Paco Martínez Soria, La ciudad no es para mí. No en vano, Bolivia es quizá el único país iberoamericano que tuvo un presidente, Gonzalo Sánchez de Lozada, que apenas sabía hablar en castellano. Y no porque hablara en quechua o en aymara, qué va, sino porque chapurreaba en texano -al estilo de Aznar en sus tiempos de líder mundial plantando los zapatos sobre la mesa-, un acento fruto de su infancia en Estados Unidos, el país al que tuvo que volver después de la acusación de genocidio durante su mandato. Porfirio Díaz, el dictador mexicano, siempre se quejaba de que México estaba tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos. Aunque parezca mentira, más cerca aún está Bolivia.