Opinion · Punto de Fisión

Vox y un señor de Murcia

Una de las pocas cosas en las que estoy bastante de acuerdo con Vox es en su idea capital de que el trabajo es un castigo bíblico y que el convenio laboral idóneo es el que mantenían Adán y Eva con Dios en el edén, tumbados a la bartola y recolectando la fruta caída del suelo, antes de que Eva metiera la pata. Si trabajar fuese bueno para la salud, como aseguran por ahí ciertos insensatos, les darían a los enfermos un pico y una pala en lugar de ponerlos boca arriba en una cama y recetarles descanso.

Muchos afiliados y simpatizantes no acaban de entender que el lema esencial del partido, “la España que madruga”, no va precisamente con los dirigentes, que son gente bien y señoritos de toda la vida, de los de levantarse a media mañana, comer bien, cenar mejor y en medio hacer la siesta. Que madruguen los demás. Ahí está, sin ir más lejos, el currículum del líder supremo, Santiago Abascal, que dirigió una Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social donde no patrocinó a nadie, que se sepa, salvo a sí mismo. O las fatiguitas judiciales de Ortega Smith, cuando ejercía de acusación particular en el juicio del procés y se quedó sin entrar en la primera sesión porque el juzgado abría demasiado temprano.

Siguiendo estos y otros ilustres ejemplos de indolencia, la Ejecutiva de Vox en Murcia ha dimitido en bloque después de ganar las elecciones y conseguir tres diputados porque el partido había crecido mucho en los últimos meses y seguir adelante suponía mucho trabajo. A veces el éxito resulta mucho más difícil de digerir que el fracaso, especialmente cuando el éxito significa tener que arrimar el hombro. De modo que decidieron celebrarlo chapando el despacho.

Al leer la noticia me he acordado de una historia que contaba el gran cocinero Abraham García, la de un colega que estaba en el paro, andaba buscando curro desesperado, llamando a todas las puertas hasta que al final se presentó en una taberna, no lejos de su casa, y tanto suplicó al patrón que al final, casi por lástima, lo aceptaron en la cocina. Entonces, cuando ya se estaba poniendo el delantal, se le ocurrió preguntar cuál era la especialidad de la casa y el patrón respondió: “El cocido”. El hombre tiró el delantal al suelo y se fue dando un portazo: “Venga ya, con la guerra que da un cocido”.

Ahora se entienden mejor esas críticas feroces a lo vagos que son los andaluces y a los emigrantes que vienen a quitarnos el trabajo: los de Vox se quejan mayormente porque, en cuestión de holgazanería, no toleran la competencia. Ahí está Murcia para demostrarlo, donde la Ejecutiva de Vox ha representado una versión en vivo de aquel proyecto de relato de Antón Chéjov: un hombre va al casino, gana un millón, vuelve a casa y se suicida. Chéjov lo dejó anotado en un papel: no lo desarrolló nunca porque escribirlo con todos los detalles también era demasiado trabajo.