Opinion · Punto de Fisión

El plátano y Almeida

En el arte contemporáneo el hiperrealismo cada vez está mejor visto. Bebés gigantescos, vasos de agua por la mitad, bolas de papel arrugado y ahora, atención, un plátano. Tal vez lo primero sería ir pensando en cambiar la denominación de“contemporáneo”, un término que empieza a ponerse rancio, especialmente cuando uno contempla a esos artistas cuya originalidad consiste en seguir chupando rueda de Duchamp después de un siglo. A un tío se le ocurre pegar un plátano de una pared con un trozo de cinta adhesiva y resulta que es un genio, operación estética que culmina en el momento de su venta por 120.000 dólares, cantidad que excede notoriamente el valor del plátano y que además hay que multiplicar por tres, ya que se vendieron tres ediciones de la obra, o sea, tres plátanos.

El plátano de Maurizio Cattelan en la Art Basel de Miami era tan hiperrealista que un perfomer que pasaba por allí, David Datuna, lo descolgó y se lo comió, se supone que pelándolo antes. Datuna documentó su acción en un video para rematar la performance y no hay que descartar que haya realizado otra performance defecando el plátano para concluir el ciclo en homenaje a aquella “Mierda de artista”, el bote relleno de sus propios excrementos que Piero Manzoni expuso en 1961. La obra de Manzoni abría una polémica que sigue vigente hoy día con la duda de si en estas exposiciones hay más “Mierdas de artista” o más “Artistas de mierda”.

En cualquier caso, el plátano de Cattelan (el título de la obra es “Comediante”, aunque le iría mejor “Farsante”) muestra cuánto ha avanzado el arte en el terreno de la alimentación, puesto que esta misma semana un grupo de estudiantes vegetarianos de la universidad de Cambridge ha logrado que retiren un bodegón del pintor flamenco Frans Snyders porque les ofendían muchísimo sus jabalíes, ciervos y cisnes muertos. Siglos atrás esta misma especie de mojigatos no podían soportar la visión de una polla pintada, aunque fuese en estado de reposo, no se sabe si porque les entraba hambre o porque les daba alergia. Con el plátano, en cambio, no tienen problemas, a pesar de que sea un plátano de verdad: de momento no se ha encontrado evidencia de terminaciones nerviosas en frutas y verduras. El plátano no sufre y el mojigato tampoco.

Esta serie de trasvases entre el arte contemporáneo y la realidad han desembocado en una ósmosis en la que todavía no está muy claro dónde termina el arte y dónde empieza la política. ¿Es la presidencia de Donald Trump una performance de 24 horas al día? ¿Fue el mandato de Berlusconi un circo de tres pistas? ¿Puede compararse la gestión de Almeida al frente de la alcaldía de Madrid con un plátano pegado a la pared o con un bote relleno de mierda? Nadie puede dudar de que un hombre que prefiere salvar Notre Dame al Amazonas cree en el arte a rajatabla, muy por encima de la naturaleza. Las polémicas persiguen a Almeida igual que a muchos artistas contemporáneos, esos grandes incomprendidos que se forran vendiendo tiburones envueltos en metacrilato y pudriéndose a cámara lenta.

Las explicaciones de por qué Almeida ha copiado exactamente el modelo de calles únicas de Carmena después de que el año pasado lo pusiera a parir evocan las meditaciones de Cattelan acerca de cómo se le ocurrió representar un plátano mediante un plátano: “Pensaba en una escultura en forma de plátano. Cada vez que viajaba, compraba un plátano y lo colgaba en la habitación del hotel para obtener inspiración”. Cattelan realizó varios modelos, en resina y en bronce, pero al final se decidió por el plátano hecho de plátano, del mismo modo que Almeida está plagiando punto por punto el proyecto de Carmena en vez de aplicar el suyo propio. Rafael Llopis ya glosó todo esto en una fábula en pareados:

Una cotorra verde y africana

un plátano encontró cierta mañana.

 

Lo mira, lo remira sabihonda

y dice al fin: ¡Qué cosa tan cachonda!

 

Nunca vi nada igual. Largo, lustroso,

fusiforme, pulido y misterioso.

 

Mas su aspecto me llena de pavura,

pues no creo que pase la censura.

 

Así que, sin dudar, si es que dudaba,

lo tiró, y se acabó lo que se daba.

 

Y de su acción, haciendo grande dolo,

tomólo, enarbolólo y arrojólo.

 

Moraleja: juzgad cual la cotorra

el libro por la tapa que lo forra,

 

que en muchísimas obras literarias

hay dentro un platanito de Canarias.