Punto de Fisión

Gaspar, Melchor y Dixan

Hace poco comentábamos la ingenuidad de uno de los negros oficiales de Vox, quien un buen día se enteró de golpe, por pura casualidad, de que la formación a la que había dedicado sus mejores esfuerzos con la bayeta eran una pandilla de racistas y neonazis de mucho cuidado. Bueno, todos no, porque como él mismo explica en su cuenta de twitter, se les han colado algunas ratas de no se sabe dónde, probablemente de alguna cloaca situada entre el Valle de los Caídos, el Nido de Águilas, la tumba de Queipo de Llano y el restaurante Casa Pepe. Sayde Chaling-chong, de piel negra, procedencia cubana y apellido chino, tiene todas las papeletas para acabar mal, muy mal, probablemente no tan mal como aquel oficial nazi de origen romaní que posa orgulloso en una de las fotografías que decoran el pabellón gitano de Auschwitz, pero sí lo suficiente como para echarse unas risas.

Sayde, Ndongo y unos cuantos negros más han estado los últimos años blanqueando a Vox con el mismo empeño que esas clínicas de cirugía estética que festonean de nata el ano. En justa reciprocidad, Vox ha empezado el blanqueamiento de negros, empezando por Baltasar, el tercero en discordia de los Reyes Magos. El comité ejecutivo provincial del partido en Cádiz ha enviado una felicitación navideña donde los tres sabios de Oriente aparecen convenientemente enjabonados, barbas níveas y perfiles visigodos, como si acudiesen a Belén directamente desde la plaza de Oriente o de El Corte Inglés en lugar de Babilonia o Mesopotamia, lugares conflictivos de donde únicamente llueven terroristas, vagos, maleantes, inmigrantes sin papeles, vendedores del top manta y acaparadores sin escrúpulos que vienen a quitarnos el trabajo.

En mi infancia a cada niño nos tocaba un Rey Mago y en el barrio había fuertes disputas a favor de Baltasar, probablemente por motivos de exotismo, más que nada porque el racismo lo teníamos reservado íntegramente a los gitanos. No fue hasta mucho después de abandonar los pantalones cortos que el betún bajo el turbante fue sustituido por piel subsahariana auténtica, recién desembarcada con los primeros emigrantes, los primeros estudiantes de intercambio y los primeros futbolistas de importación. Si no me equivoco, fue más o menos la época en que el Real Madrid fichó a Cunningham, el primer negro en vestir la camiseta de la selección inglesa: cuando llegó al Bernabeú los aficionados de más solera decían de él que no era negro, lo que pasaba es que tenía un lunar muy grande que le ocupaba todo el cuerpo. Cunningham llegó a ser aplaudido en el Camp Nou -probablemente por joder- pero las lesiones y la mala suerte truncaron su carrera antes de que un accidente de tráfico le segara la vida. Tenía 33 años al morir, la misma edad de Jesucristo, un líder espiritual que, por lugar de nacimiento y origen, muy probablemente y también por joder, era más o menos negro que Cunningham, en ningún caso parecido al muñeco rubio con ojos azules que nos venden en Hollywood, en el Vaticano y en los belenes.

El caso es que en Vox el amigo invisible suele ser un negro, no siempre, porque también tienen amigos mariquitas. Cómo van a ser ellos xenófobos, si les da igual que Baltasar sea blanco o que Sayde Chaling-chong sea chino. Hasta tienen varios amigos negros, aunque no tanto como para permitirles que lleven corona, y lo que les cabrea de los tres Reyes Magos es que no sean cuatro para montar la baraja completa: oros, bastos, espadas y copas. Vilallonga profetizó hace décadas esta curiosa ambivalencia racial de Vox cuando contaba la anécdota de que un día estaba cenando en Madrid con un amigo norteamericano y varios empresarios autóctonos: "Los españoles no somos racistas" dijo uno llegados a los postres."¿Ve? Aquí estamos los cinco cenando tan a gusto y no nos importa nada que usted sea negro".