Punto de Fisión

El clasismo siempre estuvo aquí

Una de las grandes conquistas de la ultraderecha en los últimos años es la falta de pudor: haber aprendido a soltarse la melena y atreverse a decir lo que piensan. Otra cosa es que piensen lo que dicen: con abrir la boca y no tragarse los dientes esta gente ya tiene bastante. Antes sentían vergüenza de aparecer tal cual son, con sus prejuicios, sus ideas de mierda y sus gilipolleces, pero el auge de la paparrucha (ahora denominada "posverdad") les ha dado carta blanca. Así, mientras se sirven un copazo doble de coñac, pueden decir tranquilamente que los inmigrantes vienen casi siempre a delinquir, que el feminismo es una enfermedad mental, que la ideología de género es totalitaria o que la Guerra Civil Española la empezó el PSOE.

En medio de esta oleada de indigencia mental en que los imbéciles están orgullosos de serlo, el ministro del Interior estonio, Mart Helme, ha expectorado una opinión que bien podía haberse reservado para la taberna o para el salón de su casa, aderezada con una copa de coñac y un par de eructos. Mientras mucha gente se muestra esperanzada ante el nombramiento de Sanna Marin como primera ministra finlandesa, la mandataria más joven del mundo, Helme asegura que ese hecho histórico muestra "que incluso una dependienta puede convertirse en primer ministro". No es sólo que Finlandia tenga el mejor sistema educativo del continente europeo, y quizá del mundo, y que el 80% de su población llene las bibliotecas durante los fines de semana, ni siquiera que Marin sea mujer y que lidere un gobierno mayoritariamente compuesto por mujeres: lo que jode realmente a Mart Helme es que Marin viene de una familia humilde y que trabajó de cajera en una tienda y de dependienta en una panadería para pagarse los estudios universitarios.

En efecto, el machismo de Helme es obvio, pero lo verdaderamente relevante es el clasismo impertérrito que campea bajo sus declaraciones. Si Marin hubiese sido una niña bien, hija de sus papás, y le hubiesen tocado los estudios en una tómbola -como esos líderes españoles que firmaban proyectos de arquitectura sin el título o a quienes regalaron un máster en la Universidad Rey Juan Carlos-, habría dado lo mismo que Marin fuese vieja o joven, rubia o morena, hombre o mujer. El epicentro de la cuestión, como ya señaló Marx en su día, es la lucha de clases, el miedo de estos eternos señoritos a perder sus privilegios a manos de gente más capaz, más apta y más inteligente.

En el caso de Helme puede que el temor esté justificado: no hay más que verle la cara para comprender lo que debieron de sentir los dinosaurios ante la eclosión de los primeros mamíferos. El machismo, el racismo, los prejuicios religiosos sólo esconden el miedo y el desprecio de las clases privilegiadas a lo que ellos consideran chusma. Vilallonga contaba que su abuela le dijo una vez que los pobres le daban un asco tremendo, porque ellos eran muchos y los ricos muy pocos, y en todos los siglos que llevamos de historia jamás habían tenido el coraje de rebelarse y cortarles el cuello. No está muy claro si una dependienta podría ejercer de ministro del Interior, de lo que no hay duda es de que un ministro del Interior difícilmente sabría manejar una caja registradora.