Punto de Fisión

El rey a por uvas

Me perdí el comienzo del mensaje navideño del rey porque estaba viendo el primer capítulo de The Witcher, la nueva teleserie de Netflix, y no me di cuenta del cambio de canal: apenas alcanzaba a distinguir la brujería heroica de Geralt de Rivia de la fantasía borbónica de Felipe VI. En cierto modo mi confusión era comprensible, puesto que ambos personajes tienen muchas más cosas en común de lo que parece, desde los orígenes mitológicos hasta los extraños poderes que los adornan, sin contar con que ambos protagonizan sendas sagas de lo más anacrónico. Poco a poco, y a pesar de la corbata, nos vamos acostumbrando al eterno retorno de la Edad Media.

El discurso real sonaba, en efecto, a ensalmo, a encantamiento reforzado mediante esos peculiares gestos de las manos con que el rey se dirige a sus súbditos, animando sus palabras mediante pases mágicos. Detrás, oculta al estilo de un grimorio medieval, reposaba la Constitución, ese libro fundacional que guarda artículos esenciales como la integridad territorial o la inviolabilidad del monarca, y artículos de broma como la igualdad ante la ley, el derecho al trabajo o el derecho a la vivienda. Los repetidos "valores sobre los que fundamentar nuestra convivencia" consisten en la bandera rojigualda, el himno y el carné; lo de comer caliente y vivir bajo techo son chistes que los padres de la Constitución metieron para distraerse y pasar el rato.

Cuando habla del orden constitucional, Felipe VI, lo mismo que su antecesor en el cargo, se refiere casi siempre a los artículos citados en primer lugar, casi nunca a ese embrollo de la casa, el curro, la sanidad y la educación, salvo en menciones puntuales al desempleo y a la difícil situación en que viven algunos compatriotas. Problemas que en realidad afectan a millones de españoles y de los que el rey habla de oídas, igual que esos dragones marinos que los cartógrafos imaginativos pintaban al borde de los mapas con la leyenda: "Más allá hay monstruos".

Entre esos problemas el rey mencionó, al final y casi de pasada, el conflicto catalán. Lo hizo al término de una concatenación copulativa con una fórmula que sonaba también muy solemne y muy antigua: "Y, desde luego, Cataluña". A la mención de Cataluña como tópico navideño nos hemos acostumbrado ya en los últimos años del mismo modo que al turrón, los alfajores y esos polvorones que se quedan al fondo de la bandeja y que no quiere nadie. Problema -el de los polvorones revenidos, el turrón duro y la independencia atascada- que se soluciona aparcándolo hasta las próximas navidades, en las que volverán a disfrutar de su minuto de gloria.

Tras ello siguió el inevitable cúmulo de obviedades, simplezas y trivialidades típicas de un discurso navideño, tan inanes y protocolarias como los deseos de buena voluntad o las felicitaciones del vecino en la escalera. Realidad y realeza parecen compartir la misma raíz pero sólo se trata de una ilusión semántica. Si a muchos de ustedes les molesta la pesadez y la reiteración de un mensaje repetido año tras año, imagínense al rey, que tiene que decirlo. Mientras le oía discursear en diferido, sobrio hasta las trancas, me acordé de la única vez que vi a Andrezj Sapkowski, el autor polaco de la saga de espada y brujería en que se basa The Witcher. Fue en el tren de la Semana Negra, un año que prohibieron las bebidas alcohólicas para impedir que los escritores llegáramos borrachos perdidos a Gijón, como es costumbre. Sapkowski pidió un refresco de naranja y luego le dijo al traductor que preguntara por ahí si alguien podía echarle un poco de colonia en el vaso, a ver si animaba un poco el cotarro.