Punto de Fisión

Cuando éramos insectos

La noticia que más me ha impresionado este año tiene unos 44.000 años de antigüedad: el descubrimiento, en una cueva de Indonesia, de una pintura prehistórica que descuadra muchas de las hipótesis sobre el arte rupestre sustentadas hasta la fecha. La entrada a la cueva se descubrió por casualidad hace dos años, en un lugar llamado Leang Bulu Sipong 4, y está situado en una zona kárstica de piedra caliza al sur de Silawesi. La pintura representa a seis animales, dos cerdos verrugosos y cuatro búfalos enanos, y a una multitud de cazadores con cabezas de animales dibujados a otra escala, mucho más pequeña, como si unos y otros vivieran en dimensiones diferentes.

Siento un respetuoso escalofrío de pavor cada vez que leo algo sobre uno de estos hallazgos. Lo sentí también, de primera mano, en una sala del Museo de Historia Natural de Viena, un paralepípedo de oscuridad orlada por las notas de una flauta primitiva en el que, al fondo, brillaba una urna con la diminuta figura de la Venus de Willendorf. Hay algo conmovedor y aterrador a la vez al pensar que esas líneas de piedra fueron talladas por un antepasado nuestro a orillas del Danubio hace algo así como 25.000 años.

Esa misma sensación de recogimiento, de entrega, de devoción, articula el maravilloso documental de Werner Herzog La cueva de los sueños olvidados, una fastuosa visita a las pinturas rupestres de la caverna de Chauvet, en la Auvernia francesa: una increíble sucesión de bóvedas con más de treinta mil años de antigüedad. Recuerdo que casi se me salieron los ojos de las órbitas al contemplar, casi en el último reducto de la cueva, una misteriosa efigie, mitad toro, mitad hombre, que parece estar abrazando lo que parece la parte inferior de una mujer. Un minotauro prehistórico decenas de miles de años anterior al otro Minotauro, el que habitaba el laberinto de Creta y pobló la célebre pesadilla de Borges.

Cada uno de estos descubrimientos -Altamira, Lascaux, Chauvet, Leang Bulu Sipong 4- hace retroceder la fecha de nuestro nacimiento como especie, nos reafirma en la idea de que los seres humanos llevamos pisando este planeta durante mucho más tiempo del que pensamos. No hay mucha diferencia, en cuanto a gramática visual se refiere, entre uno de los bisontes de Altamira y uno de los búfalos indonesios, como tampoco lo hay entre cualquiera de ellos y los trazos gráciles de Picasso al dibujar un toro o un caballo.

Sin embargo, la diferencia de escalas en Leang Bulu Sipong 4 nos retrotrae a una época en que mirábamos a los animales desde abajo, semejantes a dioses, y los cazábamos con grave riesgo de la propia vida para procurarnos abrigo y alimento. De ahí surge el concepto del arte como invocación, como plegaria y como magia, un tiempo en que apenas pasábamos dos décadas sobre la tierra, sujetos a la furia de la naturaleza, al rigor de la intemperie y al capricho de los elementos. De ese sentimiento nacieron también primero la religión y luego la ciencia, pero hoy, por suerte para nosotros y por desgracia para los animales, apenas queda nada de ese temblor primigenio. Tal vez, a cambio del fuego y sus prodigios, perdimos el camino al Minotauro.