Punto de Fisión

Banderas de nuestros sastres

Hay un montón de frases geniales que advierten sobre los peligros del patriotismo, aunque tampoco existe el menor peligro de que los patriotas profesionales las lean. Por ejemplo, Oscar Wilde escribió que el patriotismo es la virtud de los depravados, un oxímoron tan perfecto que apenas cabría añadir algo más. Sin embargo, Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos y un patriota en toda regla (de los de verdad, no de los llevar una banderita en la pulsera) dijo que el árbol de la libertad debe ser regado de vez en cuando con la sangre de tiranos y patriotas, su fertilizante natural. También dijo que los bancos son más peligrosos que los ejércitos y que el sistema financiero, basado en el mecanismo de la usura, no era más que una estafa futura a gran escala, pero de eso ya hablaremos en el otro momento. Otro ilustre estadounidense, el general George S. Patton, advirtió que ningún patriota había ganado una batalla muriendo por su país sino haciendo que otros patriotas murieran por el suyo. Por último, George Bernard Shaw dijo que el patriotismo, fundamentalmente, consiste en la férrea convicción de que tu país es el mejor del mundo sólo porque tú naciste en él.

Aunque la ristra de frases podría ser estrictamente inacabable, citaremos de colofón la brillante sentencia del doctor Samuel Johnson, quien aseguraba que el patriotismo es el último refugio de los canallas. Sin temor a contradecirlo, podríamos añadir que también simboliza la primera barricada de los idiotas, el lugar desde el cual atrincherarse y soltar necedades del rango de "aquí se vive mejor que en cualquier otro sitio", un refrán típico de la gente que nunca ha ido a ninguna parte, o "como la comida española no hay ninguna", dicho por comensales que no han probado nada más allá del gazpacho, la paella y la tortilla de patatas. Para un patriota de mente impermeable, de ésos de los que comentaba Gila que no les entra en la cabeza más que una idea al año y a rastras, ni siquiera el turismo es una vacuna suficiente contra su cerrazón. Sé de un líder independentista catalán que fue a Nueva York buscando restaurantes donde supieran hacer bien la escalivada y de más de un alpinista vasco que escaló en el Himalaya sólo para poder jactarse de que los tres o cuatro ochomiles que había coronado no tenían comparación con las montañas de su pueblo.

Siguiendo esta apasionada línea Maginot del pensamiento, nuestro egregio alcalde, Martínez Almeida, lleva gastados más de 50.000 euros en banderas españolas durante los últimos tres meses, cuando en un período de tiempo similar, su antecesora en el cargo, Manuela Carmena, apenas llegó a los 3.300 en la misma categoría. El patriotismo de Almeida es casi exclusivamente de carácter textil, como bien saben, sin ir más lejos, los usuarios de las líneas de autobús, no digamos ya los pobres conductores, abandonados en pro de ese afán propagandístico donde la bandera lo tapa todo. No vaya a ser que algún madrileño despistado se equivoque y piense que está paseando por los aledaños de Portugal o de la selva amazónica en mitad de la Gran Vía. Estos mismos días, alguien tan poco proclive al izquierdismo como Angela Merkel apartó una bandera alemana que le habían entregado en mitad de un acto político, dejando meridianamente claro que el símbolo nacional es algo demasiado importante para usarlo en clave de pegatina o de cartel electoral. De cómo se han amañado esos concursos para que unos cuantos fabricantes se forren a base de dinero público mientras forran la ciudad de banderas, ya hablaremos otro día. A propósito de Thomas Jefferson.