Punto de Fisión

Campanadas a mediodía

 

Existen países continentales, divididos en varios husos horarios, donde una gente empieza a vestirse para la Nochevieja al tiempo que otra gente se desviste para meterse en la cama. España, en cambio, es un país pequeño donde celebramos el fin de año con la hora de Alemania al tiempo que vemos a nuestros compatriotas canarios en bañador, disfrutando de los fuegos artificiales desde otro planeta. En esa hora de retraso consiste la esencia del ser español, un ente histórico compuesto de diversas nacionalidades, platos regionales, otros tantos idiomas y cohesionado por el afán de tomarse las uvas al compás.

En los últimos años, a esta devoción musical por atragantarnos todos a una se ha unido el suspense por descubrir el vestido con que dará la campanada Cristina Pedroche. Con el vestido sorpresa de la Pedroche ocurre lo mismo que con los discursos de Cánovas en el Congreso: se iba, se le oía, se le aplaudía y luego se votaba en contra. Yo dudo mucho de aquel eslogan falangista que dice que España es una unidad de destino en lo universal, pero hay algo telúrico y milenario en un país que concluye el año arremolinado frente al televisor, esperando el culo de la Pedroche. Sobre todo, cuando ella misma está encantada de mostrarlo, enfundado en una armadura dorada y sugiriendo que incluso así podría hacer twerking. El primero que lo descubrió fue Chicote -que estaba a su lado y que había adelgazado medio Chicote por lo menos- y dio la impresión de que estaba pensando únicamente en cómo cocinarlo.

No obstante, quienes critican a Pedroche por su exhibición anual de curvas pudieran cometer el mismo error de aquel columnista que criticó a Marilyn Monroe por lucir un vestido rojo demasiado breve de tela en una fiesta: le aconsejaba que la próxima vez se pusiera un saco de patatas. Marilyn siguió el consejo, en la siguiente fiesta se puso un saco de patatas y estaba igual de impresionante. El culo es una parte de la anatomía femenina que nos deja a menudo sin palabras; de hecho, con la expectación despertada por Pedroche inaugurándose a sí misma, muchos hombres no oímos su alegato contra la violencia de género y su homenaje en recuerdo todas las mujeres asesinadas a lo largo del 2019. Que una mujer pueda ser hermosa, estar orgullosa de serlo, exhibirse sin miedo y además decir cosas inteligentes debería recordarnos que las víctimas de violaciones, agresiones y homicidios lo son no porque tengan culo y piernas sino porque un criminal las consideró únicamente un pedazo de carne.

Para rebatir a Cristina Pedroche hubo otras espontáneas que salieron al ruedo horas antes o después dispuestas a dar no sólo las campanadas a mediodía sino vueltas de campana completas. Por ejemplo, Rosa Díez comparó a los militantes y afiliados del PSOE tranquilos ante el inminente pacto de gobierno con los alemanes que fingían no ver el humo de los campos de exterminio. Es difícil tomarse el Holocausto más a coña, pero sospecho que cuando Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal no se refería a gilipolleces de este estilo. Rizando el rizo y sin dejar de mencionar el humo en clave de contaminación atmosférica, Díaz Ayuso se ha tragado doce melones sin pestañear. "Nadie se ha muerto de esto", dijo, recordando los tiempos en que lamentaba que Madrid fuese a perder su boina tóxica como señal de identidad turística. Sería todo un éxito colocar a Ayuso y Almeida de pareja frente a la Puerta del Sol, ya que lo mismo podíamos salir de la cuenta de Nochevieja con nueve gatos ahorcados que con trece campanadas, con Chicote en topless que con Rosa Díez en zapatones y nariz de payaso.