Opinion · Punto de Fisión

La Reconquista acaba de empezar

El problema de intentar sacar una investidura adelante una vez concluido el jolgorio navideño es que la resaca pasa factura. Votar el día después de la fiesta de Reyes Magos tenía el peligro añadido de que alguien en el hemiciclo confundiera a Pablo Casado con Melchor o Gaspar sólo porque se ha dejado barba. Se oyeron gritos de “¡Viva el rey!” en mitad de la intervención de Casado y con el acopio de monarcas que tenemos en España no se sabía muy bien si los vivas se referían a Felipe VI, a Juan Carlos I, a Gaspar, al rey del cachopo o al rey del pollo frito. Tanta era la insistencia en citar, en el epicentro de la democracia española, a un señor al que no ha elegido nadie que hasta Pablo Iglesias tuvo que advertir que el rey no era propiedad exclusiva de la derecha, que ellos también pagaban su parte del roscón. Eso sin olvidar que la fiesta de Reyes coincide con la Pascua Militar.

Aitor Esteban fue aún más incisivo y denunció a Felipe VI por haber consumado la traición nacional definitiva en el momento en que se le ocurrió encargarle a Pedro Sánchez formar gobierno. A quién se le ocurre, hombre, si podía habérselo encargado a Casado, a Abascal o a un ujier. Al explicarles que, con su lenguaje incendiario y sus acusaciones medievales de felonía, los hooligans de la derecha no habían hecho otra cosa que poner en aprietos a la corona, en los rostros de Casado y Abascal se encendió una especie de alarma, como cuando estás sobrevolando el Atlántico y te preguntas si apagaste la lavadora. Fue sólo un instante de duda, sin saber si Esteban se estaría refiriendo al rey de España o al rey del cachopo; después parpadearon y siguieron a lo suyo. El único que pareció entender de qué iba la movida era el ujier.

A la hora de tronar contra las hordas rojas, es difícil distinguir cuál de los dos líderes, Casado o Abascal, se situó más a la derecha. Entre la derechita cobarde y la ultraderechita discreta, una brújula habría enloquecido si en vez del norte hubiera tenido que señalar el bigote del coronel Tejero. Después de un fin de semana plagado de invocaciones a un golpe de estado, Casado recordó que España se rompía, como siempre, y que la democracia consiste en que el pueblo elija libremente a sus representantes del PP. Como por ese camino poco más podía añadir (excepto que todos los diputados a su izquierda son una banda de rojos, totalitarios, bolivarianos y etarras), Abascal se inventó unas cuantas estadísticas sobre que las manadas de violadores están compuestas casi exclusivamente por extranjeros (quería decir “moros”) y recordó la afición de los socialistas por ir de putas con dinero de Stalin desde los tiempos de Largo Caballero. De la humanidad y la compasión cristiana de esta gente caben pocas dudas. Así, mientras los demás diputados en bloque se levantaban aplaudiendo a Aina Vidal, enferma de cáncer, la bancada de Vox ni siquiera se puso en pie, demostrando que, en el tema del cáncer, ellos están a favor.

Es cierto que sumando los discursos de Casado y Abascal no salía ni una sola verdad, aparte de “buenos días”, pero la verdad poco importa cuando, por dos miserables votos, acababa de inaugurarse el desastre, la fractura de la patria, la ruina económica y la quema de conventos. Con más de 8.000 correos aconsejándole que cambiara de opinión -sin contar zalamerías, sobornos y amenazas de muerte- Tomás Guitarte, el diputado de Teruel Existe, demostró que Teruel, efectivamente, existía. “¡Un Tamayo!” gritaba Arrimadas. “¡Mi reino por un Tamayo!” La Reconquista no ha terminado, más bien acaba de empezar.