Opinion · Punto de Fisión

Teoría del remake

Si hay una línea maestra que recorre las nominaciones a la mejor película en los Oscar de este año es el posmodernismo. Es una lista que parece hecha de remakes: aunque ninguna de las nominadas sea estrictamente un remake, no hay duda de que todas ellas podrían serlo en mayor o menor medida. Historia de un matrimonio huele por los cuatro costados a Kramer contra Kramer, una odisea del divorcio que en 1979 le arrebató la estatuilla a dos monumentos del cine como All that Jazz y Apocalypse Now. Joker es una mezcla involuntaria entre Batman, V de Vendetta y Alguien voló sobre el nido del cuco. 1917 la hemos visto antes en multitud de ocasiones, especialmente en Gallipoli y en Senderos de gloria. Le Mans ‘66 repite las carreras de coches de Rush, Grand Prix, Días de trueno y, claro está, Le Mans. En cuanto a Mujercitas, en fin, qué les voy a contar de Mujercitas.

De El irlandés lo menos malo que se puede decir es que la hemos visto unas quinientas veces, desde las reuniones de mafiosos en una cafetería a la noticia del asesinato de Kennedy en otra cafetería, y lo segundo menos malo es que De Niro, Pacino y Pesci parecen remakes de sí mismos. Érase una vez en Hollywood, posmoderna hasta en el título, quizá no sea un remake, vale, pero Tarantino se empeña en que lo sea hasta que al final copia la ucronía de Malditos bastardos, sólo que aquí le sale mucho mejor. Parásitos tampoco es un remake, salvo la nominación, que dobla la del Oscar a la Mejor Película Extranjera por algún arcano que se me escapa y que se lo va a poner muy difícil a Almódovar y a Ladj Ly. Por último, Jojo Rabbit, la historia de un niño maltratado cuyo amigo invisible es Hitler, es una historia cuyo punto de partida está calcado exactamente de la realidad política del momento.

Puesto que la originalidad absoluta quedó descartada como principio estético al menos desde La Odisea (un remake griego de Gilgamesh con personajes sacados de La Ilíada), hace tiempo que los políticos decidieron copiarse unos a otros para ahorrarles trabajo a los historiadores y no digamos a los votantes. Así, conociendo el percal del que está hecho el electorado madrileño, Almeida y Díaz Ayuso casi resultan intercambiables, Errejón tuvo que marcharse y provocar un cisma porque no acababa de salirle la barba de Iglesias, mientras que Villacís y Monasterio son prácticamente la misma persona. Por su parte, Ciudadanos imitó a la perfección la trayectoria centrista de UCD con tantas prisas que el partido se hizo polvo mucho antes de que tuviera tiempo de alcanzar el poder. Rivera iba a ser Suárez pero al final ha tenido que conformarse con ser Suárez Illana, otro remake.

El que mejor ha comprendido estas maniobras miméticas de la política actual ha sido Pablo Casado, un líder que por un lado intenta ser más de centro que Arrimadas y por otro más de derechas que Abascal, y que ha conseguido llegar a lo más alto de la realidad mediante unos estudios de ficción. Se rumoreaba estos días que Cristina Cifuentes iba a participar de concursante en el reality Supervivientes, pero al final acudió a Sábado DeLuxe. Qué desperdicio verla intentando sobrevivir en una isla, cuando ha sobrevivido al reality del PP. Lo del máster sí que fue un remake.