Punto de Fisión

Un español roncando por la patria

No nos engañemos: la inmensa mayoría de los refranes populares no atesoran más que chismes de abuela, sabiduría de mesa camilla que algún Paulo Coelho prehistórico acuñó en una expresión feliz que fue pasando de boca en boca para desgracia de sus paisanos. Ya se sabe que todos los refranes mejoran una barbaridad si se añade a la primera parte "entre las sábanas" y a la segunda "entre las piernas". Por ejemplo: quien a buen árbol se arrima (entre las sábanas), buena sombra le cobija (entre las piernas). O bien: no por mucho madrugar (entre las sábanas), amanece más temprano (entre las piernas).

Sobre esto del madrugar se habrán dicho más tonterías, con toda seguridad, que sobre cualquier otra cosa, especialmente en lo que concierne al trabajo, una actividad tan perniciosa que lo primero que recetan a los enfermos es descanso. A quien madruga (entre las sábanas), Dios le ayuda (entre las piernas). Precisamente por madrugar, a Margallo le pasó factura el sueño atrasado y se echó una breve siesta en la Eurocámara sobre las cuatro y media de la tarde. "No soy muy consciente de haber dado una cabezada en el Parlamento europeo" escribía Margallo poco después en su cuenta de twitter. Era la prueba definitiva que sus enemigos andaban buscando, puesto que, de haber estado consciente, no habría pegado esa cabezada casi mortal. La inclinación de testuz era tan aparatosa que el realizador decidió cambiar de plano y dar tiempo a que avisaran un médico, no fuese que Margallo se hubiera roto dos o tres vértebras.

Todos sabemos que las sesiones parlamentarias no son más que una prolongación de las lecciones del colegio, una labor dura e ingrata por la que estos jornaleros del sillón se llevan un sueldo espectacular, en torno a los diez mil euros mensuales entre unas cosas y otras. Por qué no cobran lo mismo un neurocirujano o un camionero es un misterio, teniendo en cuenta que estos profesionales no pueden permitirse el lujo de ponerse a pescar en el trabajo, salvo riesgo de acabar con cuatro muertos en mitad de la autopista o una arteria convertida en una manguera. La verdad es que a menudo da la impresión, entre las calvas en las sesiones, las lecturas a deshora, la afición a los videojuegos y las exploraciones nasales, que el cometido de un parlamentario consiste básicamente en luchar contra la tentación de la siesta. En Bruselas es peor, ya que muchos eurodiputados podrían ponerse a oír canciones de Julio Iglesias por los cascos y nadie iba a notar la diferencia.

Margallo, al menos, ha tenido el coraje de roncar apoyado patrióticamente en una pulserita con la bandera española y luego no se ha disculpado con torpes excusas de que estaba imitando a El pensador de Rodin o reflexionando en profundos dilemas europeos. La siesta, el yoga ibérico, le ha servido para demostrar que, como él mismo dice, tiene la conciencia muy tranquila, tanto que se oye a razón de cinco ronquidos por minuto. Luego ha citado a Unamuno para explicar que duerme mucho, pero cuando está despierto (entre las sábanas), está más despierto que nadie (entre las piernas). Sobre todo a la hora de contar los billetes, ahí ni parpadea el tío. También podía haber hecho una paráfrasis de Machado:

Ya hay un español que quiere

dormir y a dormir empieza

entre una España que ronca

y otra España que bosteza.