Punto de Fisión

El brexit exterminador

Los ingleses siempre han sido muy suyos, a qué negarlo, tanto que incluyen bajo el epígrafe a los escoceses, a los galeses e incluso a los irlandeses, según marche la Historia, esa churrería que no cierra nunca y que va haciendo y deshaciendo churros a su antojo, es decir, estatuas, naciones, monedas, religiones e imperios. Del suyo, los ingleses fueron tan listos como para conservar la Commonwealth cuando se les fue desmenuzando, apuntar a la reina madre a un concurso de misses internacional ganado de antemano y maquillarse con el exitoso gentilicio de "británicos". Se pone uno a repasar la lista de los grandes genios de los que se enorgullecen y se da cuenta de que Händel era alemán; Hume, escocés; Swift, irlandés de pura cepa; Conrad, polaco; mientras que Kipling nacía en la India por esa manía que tienen los ingleses de imitar a los vascos y nacer donde les da la gana.

A su orgullo impertérrito, su cabezonería insular y su afán de distinguirse de los demás pueblos de los alrededores deben los ingleses -perdón, los británicos- tradiciones tan folklóricas como la de circular por la izquierda y la de medir en yardas. Lo hicieron, más que nada, por oponerse a Napoleón, que era un militar bajito que había retomado el viejo sueño de Carlomagno de unificar Europa bajo la égida francesa, un proyecto que nos ha traído a mal traer a los europeos desde que a algún neandertal se le quedó pequeña la cueva donde vivía hasta que a Hilter le dio por reeditarlo en versión alemana, xenófoba y acorazada. Es normal que los británicos -perdón, los ingleses-, desconfiados como ellos solos, no se decidieran a embarcarse del todo en este congreso de tenderos llamado Unión Europea y dejaran la libra y un pie fuera. Lo del brexit teníamos que haberlo visto venir porque han estado en Europa apenas medio siglo y ni siquiera han aprendido a cocinar.

De hecho, según su particular visión del mundo, no es tanto que los ingleses -perdón, los británicos- vayan a marcharse de Europa como que los europeos no nos animamos a anexionarnos al Reino Unido, a pesar de las bondades del clima y del té de las cinco. El continente ya estuvo una vez aislado por la niebla y por fin han decidido abandonarnos a nuestra suerte, aunque han tardado casi tres años en soltar amarras. Han sido tres años raros, insólitos, como en aquella extraordinaria película de Buñuel, El ángel exterminador, en la que un grupo de comensales no podía salir de una mansión de la que querían escapar pero ninguno acertaba a cruzar la puerta. Quién iba a decirnos que la mejor metáfora de Europa estaba en México.

Hay que reconocer que los mandamases y banqueros -perdón esta vez por la redundancia- de la Unión Europea han mostrado mucha paciencia, porque no hay más que imaginar la patada en el culo que habrían atizado al día siguiente del grexit, del portugexit o del españout. Parecía que los británicos -perdón, los ingleses- no se atrevían a consumar el divorcio definitivo: noqueados tras la primera impresión, fueron pasando una a una por las cinco fases del duelo (negación, ira, negociación, depresión y aceptación), pero el último referéndum, con el apoyo mayoritario a Boris Johnson, ha dejado claro que, como siempre, son más ingleses que británicos.