Punto de Fisión

Una luz en la ópera

En agosto del año pasado, cuando salieron a la luz las denuncias de nueve mujeres contra Plácido Domingo, lo más curioso no fue la reacción del tenor, ni las de sus amigos, compañeros y conocidos, sino la de unos cuantos hooligans irreductibles que no se contentaron con dudar o matizar las acusaciones, ni siquiera, como hizo Paloma San Basilio, en llevar su experiencia personal como prueba. La soprano Ainhoa Arteta, dijo que "ponía una mano en el fuego" por él y atribuyó el escándalo a una "caza de brujas".

Más papistas que el Papa, algunos y algunas fueron varios pueblos más allá y empezaron a insultar y a denigrar a las mujeres que habían hecho públicos los abusos, acusándolas de participar en una cacería feminista y de intentar hacerse una carrera a costa de manchar el nombre de una de las grandes voces de la lírica. Entre ellos había también no pocas mujeres y abundaban también, cómo no, los nombres vinculados a Vox, al PP y a la derecha más rancia: Cayetana Álvarez de Toledo, Hermann Tertsch, Albert Boadella, Rafael Hernando, Díaz Ayuso, Arcadi Espada.

Sin embargo, en las primeras declaraciones de Domingo, ya había suficientes elementos como para hacerse una idea de lo sucedido entre bambalinas. "Creía que mis interacciones y relaciones siempre eran bienvenidas y consensuadas", una frase cuya culpabilidad atufa desde el verbo empleado, por no hablar de los predicativos escogidos y de un sustantivo -interacciones- que en el contexto al que se refiere parece aludir directamente a tocamientos, pellizcos y magreos. Más adelante, Domingo reconocía que las reglas de juego habían cambiado, que los "estándares" y las costumbres de hoy día son muy diferentes de lo que eran en el pasado. La costumbre entonces, como escribí yo en un artículo al respecto, era callarse.

Tras la exhaustiva investigación que un sindicato estadounidense ha llevado a cabo entre docenas de víctimas y testigos, el tenor ha enviado un comunicado a Europa Press en donde reconoce las acusaciones, acepta su responsabilidad y pide perdón por el dolor causado. Dice también que "ha crecido con la experiencia". Puesto que en su primer pliego de descargo, el pasado agosto, Domingo no negaba de plano las acusaciones sino que más bien manifestaba el desconcierto de que sus avances amorosos pudiesen haber sido malinterpretados, parece que habla completamente en serio cuando advierte: "Entiendo ahora que alguna de esas mujeres pudiera tener miedo para expresarse honestamente porque les preocupaba que sus carreras se vieran afectadas". Entiende ahora, en medio de un escándalo de resonancia mundial, los mecanismos del abuso del poder, la triste realidad que tantas subalternas y empleadas han sufrido en sus propias carnes, sin metáforas, por miedo a perder el empleo. En la ópera, en la oficina, en los colegios, en las universidades, en los despachos de abogados, en las redacciones de periódicos, en los partidos políticos, en las empresas públicas y privadas, en cualquier parte.

No hay que atribuir al cinismo ni a la ingenuidad estas declaraciones, sino más bien a la certeza de que vivimos todavía, en el tercer milenio, conforme a un modelo medieval donde el macho dominante es el centro del universo y el derecho de pernada una línea escrita con tinta invisible en los estatutos laborales. Probablemente, Domingo sea sincero y lo haya sido desde el primer momento, pero causan asombro y desaliento los alabarderos numantinos -son legión, por desgracia- que aún siguen intentando disculpar lo que no tiene disculpa ninguna, achacando a una conspiración de los medios o a una cruzada feminista las secuelas de una conducta repugnante. El machismo está tan arraigado, tan hundido en los cimientos de nuestra cultura, que en la más célebre superproducción de Hollywood sobre el tema, Acoso, el protagonista que sufre los abusos es un hombre, Michael Douglas, en manos de una malvada ejecutiva interpretada nada menos que por Demi Moore. Es difícil llevar el ridículo y la fantasía sexual más lejos.