Punto de Fisión

Ernesto Cardenal en Solentiname

Ha muerto Ernesto Cardenal y la noticia golpea como un eco del pasado, una de esas defunciones repetidas anualmente en las redes sociales que algunos despistados cuelgan porque al fin y al cabo una fecha no es más que una triste servidumbre del calendario: lo que cuenta es la ausencia, la orfandad, la desaparición, no una cifra concreta. Muere Cardenal y suena una campana en pretérito perfecto, quizá porque algunos pensábamos que había muerto muchos años atrás, quizá porque hacía tiempo que habitaba la eternidad, ese espacio donde los poetas verdaderamente grandes viven fuera del tiempo y del espacio, resucitando únicamente cada vez que un profesor lee en voz alta uno de sus poemas o una muchacha susurra ensimismada la Oración por Marilyn Monroe.

Cardenal está en lo más alto de la poesía en español del pasado siglo, a la altura de Darío, Huidobro, Lorca, Pizarnik, Salinas, Vallejo o Aleixandre; aunque la comparación más obvia, por ambición temática, pulso musical y filiación política, sea con Neruda, con quien comparte el compromiso social y el anhelo revolucionario. Creo que fue Bolaño quien dijo que su Homenaje a los indios es un libro superior incluso al Canto general, lo cual sin duda suena exagerado, pero basta la comparación para hacerse una idea de que estamos hablando de los Andes en verso. Él mismo confesó que la lectura de Neruda arrojó una especie de sombra sobre su poesía de la que le costó años librarse, pero fue una influencia fructífera, como la de Whitman sobre ambos.

Religioso hasta en el apellido, Cardenal era una contradicción viva que luchó contra la dictadura de Somoza al tiempo que predicaba la vuelta a un cristianismo primitivo, fuera de los fastos vaticanos. Su honestidad le valió una doble condena: primero la del Papa Juan Pablo II, que le afeó de malos modos su pertenencia a la Teología de la Liberación y su cargo de ministro de Cultura en el gobierno nicaragüense; después, la del presidente Daniel Ortega, a quien consideraba un traidor que había abjurado de los principios sandinistas y el responsable directo de la muerte de miles de compatriotas. En 1984, un año después de su vergonzosa reprimenda pública en el aeropuerto de Managua, Juan Pablo II le suspendió del ejercicio del sacerdocio, sentencia que no fue levantada hasta febrero del año pasado, cuando el Papa Francisco I decidió revocarla.

Sin embargo, su gran maestro no fue Neruda ni Whitman ni San Juan de la Cruz, sino Thomas Merton, monje trapense y místico estadounidense con quien estudió en el monasterio de Getsemaní, en Kentucky. Con sus enseñanzas cristianas de fondo, Cardenal fundó la comunidad de Solentiname, un refugio espiritual a orillas de un lago en el que predicaba la utopía en medio del sanguinario régimen de Somoza y donde serán arrojadas sus cenizas. Fue su gran amigo, Julio Cortázar, quien escribió un cuento no muy conocido, Apocalipsis en Solentiname, una pesadilla en la que el escritor argentino regresaba de una estancia paradisíaca junto a Cardenal y, al revelar las fotografías de niños y pescadores que había tomado, descubría con horror imágenes del futuro: la comunidad masacrada a manos de unos soldados. De algún modo Cortázar intentó un conjuro para evitar la catástrofe y acabó escribiendo una profecía.