Punto de Fisión

El adoctrinamiento y dos huevos duros

A algunos de los ilustres próceres de la derecha les ha molestado muchísimo la charla que la periodista Anna Pacheco mantuvo con unos cuantos chavales del programa de TVE Operación Triunfo. Juan Ignacio Zoido proclamó que una televisión pública no puede dedicarse al adoctrinamiento. Iván Espinosa de los Monteros bramó primero sobre el servicio hecho al "feminismo anticapitalista" y luego intentó una ironía que le salió embrollada y abstrusa, igual que la barba. Albert Rivera regresó por un momento a su papel de faro de occidente al anunciar que no quería pagar una televisión pública convertida al aparato sectario de una ideología. Juan Carlos Girauta, siempre tan educado, escribió algo sobre perversiones y coprofagia.

Ante tal oleada de malestar libertario, pensé que Anna Pacheco había impartido una charla sobre el lesbianismo obligatorio, las felaciones a dos manos, el aborto casero, la castración preventiva, la masturbación con motosierra o cualquier otra barbaridad. No tuve más remedio que contemplar el video del escándalo y descubrí a Anna Pacheco diciendo que la ideología de género era un invento de la extrema derecha, comentando el lamentable recibimiento de los ultras griegos a las mujeres refugiadas gritándoles que paren como conejos, desbrozando el filón misógino que alimenta los discursos de odio y desmontando las paparruchas del feminismo liberal. Es decir, básicamente, unas cuantas verdades del barquero, ancladas en los principios fundamentales de igualdad que son la base de la Constitución y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cosas que estaría muy bien que aprendieran todos los niños españoles, no digamos ya los adultos.

El adoctrinamiento, como enseña el Diccionario de la Real Academia, viene del verbo "adoctrinar", que significa inculcar determinadas ideas o creencias. Esas ideas o creencias que, según nuestros ilustres próceres de la derecha, intentaba inculcar Anna Pacheco a los ingenuos concursantes de Operación Triunfo giran en torno a un concepto novedoso que se alumbró hace más o menos un par de siglos y que todavía no se ha puesto en práctica: la igualdad de todos los seres humanos sin distinción de raza, sexo, color, idioma, origen o cualquier otra condición. Si será novedoso que los ideólogos de la Revolución Francesa y los patriarcas de la independencia estadounidense sólo incluyeron un género en el primer artículo de sus respectivas constituciones: "Todos los hombres nacen libres e iguales". Las mujeres, ya tal. A las mujeres, en los países más adelantados, les tocaría esperar un siglo para acudir a las urnas y todavía les va a tocar esperar un rato largo a la hora de alcanzar un derecho tan básico como la equiparación salarial.

Uno puede pensar lo que quiera respecto al feminismo, pero pedir el cierre de una televisión pública por verter en un programa de entretenimiento unas cuantas obviedades dice mucho de la sensibilidad y el cacumen de los afectados, y más aun del camino que queda por recorrer en pos de la igualdad. Sobre todo cuando la televisión pública ha estado durante décadas embutiendo catolicismo a tornillo con la misa de los domingos y maltrato animal sanguinario y violento mediante la retransmisión de espectáculos taurinos. Por no hablar del papel de las mujeres florero en las galas de José Luis Moreno y de las entrevistas de mierda de Bertín Osborne. Eso sí que era adoctrinamiento fetén y coprofagia de lujo.