Punto de Fisión

Apocalípticos e integrados

Estos días me viene a la cabeza la estupenda dicotomía de Umberto Eco a la hora de analizar los diferentes modos de enfrentarnos a la pandemia. Por un lado están los apocalípticos, que se han atrincherado en sus hogares, entre montañas de latas de conservas, y por otro los integrados, que siguen a su bola, haciendo vida normal, como si el coronavirus no fuese con ellos. Mientras los apocalípticos apenas salen a la calle y cuando lo hacen van armados de mascarilla y guantes de goma, intentando mantener un radio de seguridad como espadachines y samurais en un cinco contra uno, los integrados se apretujan en el metro y en las colas de los supermercados, tosen a la buena de Dios y aprovechan el menor resquicio para pasear a sus anchas, hacer ejercicio al aire libre o sentarse en una terraza y disfrutar del penúltimo verano.

Es curioso (o quizá no, quizá sea fatal) que los dos países donde la curva de infección ha alcanzado mayores proporciones sean Italia y España, dos ecosistemas célebres en el mundo entero por la bulla, el cachondeo y la algarabía callejera propios de la cultura mediterránea. La cosa no está para hacer bromas, pero ha habido momentos en que la crisis del coronavirus parecía calcada de una comedia de Monicelli o de una película de Berlanga, especialmente el increíble video de autoayuda de Ortega Smith quien, con su racismo impertérrito, explicaba cómo sus anticuerpos españolazos estaban venciendo a los malvados virus chinos a base de flexiones, abdominales, banderas bien gordas y bricolaje casero. Con Ortega Smith tenemos además un caso híbrido de integrado apocalíptico, puesto que lo mismo aparece encerrado entre maquetas de la Armada Invencible que paseando por la calle a moco descubierto.

Sin embargo, las imágenes que llegan de nuestros socios europeos tradicionalmente más serios, Francia y Alemania, demuestran que ellos tampoco se lo están tomando muy en serio, con parques parisinos infestados de domingueros y discotecas berlinesas a tope de bacantes. Los europeos del sur y del norte podíamos haber aprendido un poco de las lecciones de reclusión en China y en Corea, donde han logrado contener la pandemia a pesar de la explosión demográfica inicial, pero quién sabe, a lo mejor la globalización era esto. Tendremos que esperar unos meses a ver cómo evoluciona la cosa y ver si la estrategia propuesta por Boris Johnson y su equipo de matasanos -desarrollar anticuerpos a base de un contagio masivo- desemboca en un éxito médico sin precedentes o en una masacre de ancianos al estilo de aquella alucinante novela de Bioy Casares, Diario de la guerra del cerdo.

El primer apocalíptico que recuerdo era un droguero de mi barrio con un trastorno obsesivo de limpieza que le llevaba a guardar una distancia de seguridad más allá del mostrador y a lavarse las manos despellejadas cada cinco minutos. El hombre andaba por la calle con los brazos separados del cuerpo y los dedos a punto de desenfundar dos revólveres de sendas cartucheras imaginarias -un precursor del coronavirus y de Santiago Abascal- con lo que se ganó entre los chavales el cariñoso apelativo de "El Sheriff". Tras la pachorra generalizada, los errores y la tibieza de un gobierno que no prohibió las manifestaciones feministas del 8-M, Sánchez y sus socios parecen haber entrado en modo apocalíptico después de haberse integrado a tope durante las últimas semanas. En cuanto a Cayetana Álvarez de Toledo y su marcha triunfal a través de los pasillos del Congreso, tampoco hay que hacer sangre con una mujer que todavía cree que Vox es de izquierdas y que los borbones son los Reyes Magos.