Punto de Fisión

La segunda orfandad de Astérix

 

En una de las últimas aventuras de Astérix, cuando Ferri y Conrad ya habían tomado el relevo de Goscinny y Uderzo, Astérix y Obélix viajaban a Italia para enfrentarse en una carrera de cuadrigas al campeón romano de la especialidad, un misterioso villano llamado Coronavirus. Se publicó hace 2 años y no hacía la menor referencia a la pandemia que ahora azota el mundo, pero resulta una casualidad desconcertante, doble casualidad cuando uno cae en la cuenta de que Coronavirus ocultaba el rostro tras una máscara. Sucede simplemente que, siguiendo el magisterio de Goscinny, la nomenclatura de los tebeos de Astérix era un prodigio de oído lingüístico.

Albert Uderzo, el dibujante que dio vida sobre el papel a los héroes de la aldea gala, falleció ayer con 92 años, de un ataque al corazón que no tiene nada que ver con la enfermedad que trae de cabeza a medio mundo, un detalle que las agencias de noticias se han apresurado a señalar, como si ignorasen que la muerte sigue trabajando a destajo. Es la segunda orfandad, quizá la definitiva, que padecen los célebres personajes del cómic francés, ya que en 1977 murió su otro progenitor, el guionista René Goscinny, con tan sólo 51 años. No he leído más que dos o tres álbumes de los ocho que Uderzo firmó en solitario, pero estoy de acuerdo con la opinión general de que sin Goscinny al timón, a pesar de que los dibujos se mantenían incólumes, Astérix ya no era lo mismo.

De un modo anacrónico, fantasioso y muy divertido, la aldea gala venía a simbolizar el espíritu de resistencia contra Roma, un chovinismo -o mejor aún, como señaló Goscinny, una parodia del chovinismo- teñido de buen humor en el que el territorio europeo se define por sus diferencias étnicas y culturales frente a la homogeneización centralista impuesta por el imperio. Así los bretones son derrotados por culpa de su manía de parar la actividad bélica a las cinco para tomar el té mientras que los hispanos se dedican mayormente a los toros y al flamenco. Julio César, en los tebeos de Astérix, no era tanto un conquistador como un señorito estirado ante el que los lectores se preguntaban cómo es que no se llevaba una buena hostia en alguna viñeta. A lo mejor se la llevó y yo me la he perdido, lástima.

Hace unos cuantos años mis amigos Pablo Yuste y Juan Antonio Sanz me invitaron a un viaje que tenían planeado por Yemen, donde pensábamos ir en busca de las huellas de Rimbaud y de algunos de los paisajes más bellos del planeta. Al final el viaje se frustró por razones obvias, aunque Pablo está allí a día de hoy, dirigiendo el centro logístico del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, un experto en cooperación y en artes marciales en quien no es difícil reconocer a una especie de Astérix sin necesidad de poción mágica. Juan, un periodista que ha cruzado medio mundo, bien podía hacer el papel de Obélix, mientras que yo me reservaba el papel de Asurancetúrix, el bardo que concluye cada aventura atado y amordazado a un árbol para que deje de dar la lata. Aquel viaje a Yemen nunca pudo ser, como uno de los tantos tebeos imposibles que se han quedado en el limbo con la muerte de Goscinny y Uderzo, pero al menos nos queda el consuelo de que Astérix, es decir, Pablo, sigue allí, resistiendo en su aldea gala.