Punto de Fisión

Penderecki in memoriam

A Carl Gustav Jung, defensor de una teoría denominada "compulsión del nombre", no le hubiera extrañado nada descubrir que dos de los mayores compositores del siglo XX, Olivier Messiaen y Krzysztof Penderecki, ocultaban su ferviente fe cristiana uno en el apellido y otro en el nombre. Penderecki murió ayer domingo en Cracovia, tras una larga enfermedad, y toda su vida, desde su nacimiento y su bautizo en el seno de una familia polaca católica, parecía destinada a cantar las enseñanzas evangélicas y la pasión y muerte de Jesucristo. Lo hizo en numerosas obras religiosas y en multitud de piezas instrumentales, salmos, oratorios, conciertos y sinfonías, aunando diferentes técnicas al servicio de una sinceridad esencial, fuera de modas y estilos. Una vez dijo que escribir una sinfonía es como plantar un jardín: "Lo más importante es la forma, qué tipo de árbol y dónde lo vas a plantar, cuál va a ser el que le siga".

En sus comienzos, las influencias de Stravinsky, Shostakovich, Webern y Boulez bullían en una estética salvaje y atonal, plena de disonancias y clusters, que confluyeron en el célebre Treno por las víctimas de Hiroshima, un llanto para 52 instrumentos de cuerda que fue su primer gran éxito internacional. Esta etapa experimental culminó en una partitura grandiosa, la Pasión según san Lucas, escrita entre 1963 y 1966, donde Penderecki demuestra su devoción por Bach en el impresionante Stabat Mater Dolorosa. Guardo en la memoria una inolvidable interpretación del propio Penderecki en el Teatro Real de Madrid en 1987, con motivo de su doctorado honoris causa por la Universidad Autónoma. En la ceremonia, a la que asistí, apenas acudieron una veintena de personas y ninguna autoridad fuera del ámbito universitario, un contraste lamentable con el bombo y la pompa borbónica con que recibió el mismo honor el banquero Mario Conde en la Complutense unos años después.

Todavía recuerdo la energía con que Penderecki alzó la batuta y descargó un zapatazo tremendo contra el suelo, justo un segundo antes de que el coro reventara en el primer acorde bestial: "O Crux". Fue, sin lugar a dudas, uno de los grandes momentos de mi vida musical, únicamente comparable a la primera vez que vi a Miles Davis en el Palacio de los Deportes, más o menos por las mismas fechas. Sabía que iba a presenciar algo grande, así que me llevé unos prismáticos para intentar atisbar desde uno de los asientos de la tribuna algo de lo que ocurría allá abajo. Cuando miré la partitura que Penderecki iba pasando página a página, me quedé atónito al descubrir una serie de líneas de distintos colores, como los pulsos de un electrocardiograma.

La Pasión según San Lucas lo colocó en la vanguardia de los mayores compositores polacos, junto a Lutoslawski, Gorecki y Kilar, un pedestal que Penderecki ya no abandonaría. En los años setenta, gracias entre otras cosas a su admiración confesa por Bruckner y Sibelius, su estilo evolucionó hacia la tonalidad y los amplios desarrollos en partituras mucho más accesibles, como la Segunda Sinfonía, "Navidad", o el emotivo Requiem Polaco, compuesto por encargo del sindicato Solidaridad para conmemorar el asesinato de docenas de obreros en las revueltas de los muelles de Gdansk en 1970. Paradójicamente, también fueron los años en que su obra adquirió fama mundial al sonar los inconfundibles chillidos de las cuerdas en las bandas sonoras de El exorcista y El resplandor.

Se consideraba "el último mohicano de las sinfonías" (aunque se olvidaba, sobre todo, de ese animal llamado Allan Pettersson) y nunca quiso traspasar la barrera mágica de las nueve, el número maldito donde se quedaron clavados Beethoven, Schubert, Dvorak y Mahler: él mismo sólo terminó la Octava. Siempre se preocupó de ayudar a los jóvenes talentos, ya fuese dirigiendo orquestas de estudiantes o promocionando a compositores primerizos a través del Krzysztof Penderecki European Center for Music, una casa de campo a las afueras de Cracovia que cuenta con un enorme auditorio y plazas para cerca de 800 estudiantes subvencionada por el gobierno polaco. Su obra es un ininterrumpido y bellísimo canto a la gloria divina, pero a Penderecki, lo mismo que a Messiaen, le cuadra también esta magnífica blasfemia de Cioran: "Si alguien le debe todo a Bach es Dios".