Punto de Fisión

Los 20 escoltas de la infanta Elena

Gracias al coronavirus me acabo de enterar de que la infanta Elena cuenta con veinte guardaespaldas, veinte, a su disposición. Parece que no son suficientes, porque la infanta Elena no sólo tiene muchas espaldas sino que, si la dejan a su bola, se va hasta los Pirineos a cazar osos. Es lo que ha hecho durante las últimas semanas para distraerse: mientras el resto de los españoles, salvo excepciones lógicas y tontos irredentos, cumplen la cuarentena en sus hogares a rajatabla, la infanta Elena ha salido donde le ha dado la gana y hasta ha agarrado la escopeta para ver si mete en cintura a conejos, perdices, codornices, venados, jabalíes y lo que caiga.

En el Hola!, órgano oficial de la aristocracia española, se publicaron días atrás una serie de reportajes a todo color sobre lo bien que estaba guardando la cuarentena la infanta Elena, con rima y todo. O bien se la veía aplaudiendo a los sanitarios cada día a las ocho de la tarde, o bien se la veía, ataviada con guantes reglamentarios, paseando al perrito cerca de su domicilio, aunque el sombrero, con una pluma de cazador, ya apuntaba el afán cinegético de esta buena señora. Lo que no salía en las fotos de los reportajes eran los guardaespaldas yendo a hacerle los recados o recogiendo las mierdas del perrito, del mismo modo que tampoco salían las cacerías a las que es tan aficionada, siguiendo la costumbre ancestral de esta familia principesca que no puede ver un bicho cerca sin pegarle dos tiros en el hocico.

Sucede que con esto del confinamiento, los animalitos están muy crecidos y se pasean a sus anchas por las inmediaciones de los núcleos urbanos, aprovechando que el gremio de cazadores ahora sólo puede cazar moscas y se dedica a matar el aburrimiento jugando a la petanca en el pasillo de casa, como todo el mundo. Menos mal que ahí está la infanta Elena para regular los ecosistemas ibéricos a perdigonazos. Si no fuese por ella, confinados como estamos, podríamos acabar sufriendo una invasión de liebres o una superpoblación de palomas. Lo que no se puede evitar de ningún modo es el exceso de guardaespaldas.

Aun así, la Casa Real piensa en todo y mientras cuatro o seis de los escoltas están alerta todo el día a cualquier hora, el resto, normalmente, se dedica a protegerla durante sus paseos a pie y en coche, aunque en los últimas semanas se encuentran confinados en una pequeña habitación a la espera de sus caprichos. Con esta estrategia de compartir cubículo, tarde o temprano siete u ocho de ellos, puede que diez o doce, caerán víctimas del coronavirus y el hábitat de guardaespaldas se regulará por sí solo. Gracias a los borbones, que siempre van a su aire, las cifras del paro no terminaron de despeñarse en el jueves más negro de nuestra historia reciente, porque entre el personal de seguridad de esta peculiar familia, más los que van a pasear al perrito y a hacer los recados de la infanta Elena, nunca faltará trabajo, a Dios gracias.