Punto de Fisión

Bruckner en busca de Dios

El 1 de mayo de 1945, cuando se anunció el fallecimiento de Adolf Hitler en Berlín, en la radio alemana sonaba el prodigioso Adagio de la Séptima Sinfonía de Anton Bruckner. En realidad, Bruckner había escrito este monumental réquiem a la memoria de alguien mucho más grande que aquel mamarracho genocida y vociferante: su admirado Richard Wagner. Estos días de confinamiento, no sé por qué, he vuelto una y otra vez a la obra de este compositor humilde y obsesivo que apenas tuvo éxito en vida, que casi no es conocido por el gran público y al que Celibidache y Barenboim, entre muchos otros, consideran la cumbre más alta de la tradición sinfónica occidental. Encuentro en ella devoción y consuelo, un sentimiento de nobleza inextinguible, un anhelo infinito de paz.

A Bruckner le gustaban las mujeres pero su timidez extrema, su fealdad física y su torpeza le impidieron disfrutar de cualquier clase de relación amorosa, por lo que llevaba una vida de monje dedicada exclusivamente al trabajo, el estudio y la oración. Le atraían los cementerios y en sus impulsos necrófilos llegó a besar las calaveras de Beethoven y Schubert durante el proceso de exhumación. Sufría diversos trastornos compulsivos por los que se ponía a contar cualquier cosa -los botones de las camisas, los ladrillos de una pared- o volvía a entrar en casa según acababa de salir para comprobar que había apagado las velas y cerrado bien las puertas. Estas manías de verificación, unidas al miedo al rechazo y la inseguridad crónica, provocaron que revisara una y otra vez sus partituras, de las que existen un ramillete de versiones que ha traído de cabeza a los eruditos. A menudo, en sus dilatados desarrollos sinfónicos, da la impresión de que abandona bruscamente un tema o emprende una divagación imprevisible entre armonías audaces y férreos contrapuntos, con lo que resulta milagroso el efecto de unidad final en cada movimiento. Llevo tres semanas atrapado entre cuatro paredes pero escuchar una de sus sinfonías o de sus misas me produce la extenuante y gloriosa impresión de haber escalado una montaña.

Entre las ofertas que generosamente han brindado gratuitamente al público la Metropolitan Opera House de Nueva York, el Teatro Real de Madrid, la Ópera del Estado de Baviera o el Palau de la Música Catalana, la Filarmónica de Berlín ha abierto su catálogo digital durante un mes con actuaciones soberbias a cargo de directores míticos como Wilhelm Fürtwangler, Herbert von Karajan, Claudio Abbado, Simon Rattle o su actual titular, Kirill Petrenko. Entre tanta maravilla destaca por derecho propio el mítico concierto que reunió de nuevo en 1992 a la orquesta berlinesa con Sergiu Celibidache, quien estaba peleado con ella desde que 38 años atrás eligieron a Karajan como titular en lugar de a él. Celibidache no desperdició la oportunidad y eligió la Séptima de Bruckner para la reconciliación. También puede encontrarse en Filmin.

No en vano Celibidache tenía a Bruckner por el sinfonista más grande de todos los tiempos: "Al final de una de sus sinfonías experimentamos una sensación de plenitud, la sensación de atravesar el todo". Para alguien que concebía el concierto como una ceremonia religiosa, una experiencia espiritual, la afinidad con el compositor austriaco venía mucho antes de la partitura. El propio Bruckner, cuando muy a su pesar los partidarios de Wagner lo enfrentaron con Brahms como formas opuestas de entender el modelo sinfónico, declaró una vez: "Quien quiera música hermosa encontrará en Brahms todo lo que desea. Quien quiera algo más que música, tendrá que acudir a mí". Esa búsqueda de trascendencia culminó en sus dos últimas sinfonías, la Octava, una inconcebible catedral de más de ochenta minutos que sigue siendo una verdadera pesadilla para directores y orquestas, y la Novena, con un último movimiento inconcluso que la convierte en el torso por excelencia de la historia de la música. "La dedico a Aquel -escribió Bruckner- que es la suma de todas las majestades. La dedico a Dios, si Él acepta".

Pocos intérpretes, por no decir ninguno, más adecuados para transmitir el legado bruckneriano que el inolvidable maestro rumano, un hombre que advirtió: "La música no es bella. Bueno, sí lo es, pero la belleza no es más que un cebo. La música es verdad". Mi amigo, el pianista Francis García, me pasó hace poco este video en youtube donde se puede disfrutar de un ensayo del Adagio de la Novena con Celibidache al frente de la Filarmónica de Munich: me dijo que ahí se aprende más música que escuchando a otros mil directores. Las legendarias lentitud y majestuosidad de sus tempi crearon escuela, influyendo poderosamente, por ejemplo, en las últimas interpretaciones de Bernstein, pero no lo hacía por capricho sino para que el oyente recordara lo que había ocurrido antes y aceptara la necesidad absoluta de lo que venía después. De ahí que reclamara multitud de ensayos hasta que conseguía lo que quería. Un ensayo, dice Celibidache, no es más que un montón de negaciones, no, no, no, no y no. "Son miles de noes. Y sólo hay un sí". Un sí abrumador y celestial: la música de Anton Bruckner.