Punto de Fisión

Ayusino y Casado: el orgullo del primer mundo

Sensibles a las críticas que los responsabilizan de intentar sacar votos a costa de los muertos por la pandemia, Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso han decidido abandonar el tono luctuoso y apostar por el circo de tres pistas. Nunca les agradeceremos bastante que intenten alegrar al personal en estos momentos en que los animadores de balcón ya no dan abasto en unas calles desertizadas que parecen la cubierta del trasatlántico en Vacaciones en el mar. Rifas, canciones, bingo y clases de yoga tenían que dar paso a los concursos de disfraces, una actividad en la que los líderes de la derecha son maestros consumados desde aquel reportaje glorioso en que Aznar se vistió del Cid y en realidad parecía Superlópez. Lo mejor de las caretas del PP es que no necesitan ni gomilla y así Feijóo se retrató al lado de un narco sin otro maquillaje que un pegote de crema en el lomo mientras que Rato hizo de ladrón de guante blanco sin quitarse el traje de ministro (o puede que fuese al contrario, quién sabe).

Más versátil, Casado ha reaccionado al batacazo de los últimos sondeos (que lo colocan apenas por delante de Abascal, o sea, del cero pelotero) mediante una campaña de travestismo cómico en la que ya no se sabe si intenta pasar desapercibido o pasar de todo, incluyendo la jefatura del partido. Se arremangó la camisa y frunció el ceño en unos lavabos para protagonizar un anuncio de laxante en que se desdobló en dos Casados, con uno recriminándole al otro que se dejara el grifo abierto y el otro recriminándole al uno el ridículo que estaba haciendo. Se fue a dar un mitin a unas ovejas que tampoco le prestaron demasiada atención. Visitó una panadería y se puso una hogaza bajo el sobaco para demostrar que los másteres le caen del cielo igual que los niños nacen con un pan debajo del brazo. Se disfrazó de aprendiz de laboratorio con una bata blanca y una mascarilla que aún así dejaba adivinar la sonrisa de cachondeo que lleva puesta de fábrica. Cada vez más da la impresión de que Arévalo es su asesor de imagen. Casado está a dos fotos de vestirse de payaso y ponerse a visitar hospitales infantiles emulando a Patch Adams.

En cambio, quien asesora a Díaz Ayuso es un experto en comunicación a todos los niveles: nos referimos a Miguel Ángel Rodríguez, el hombre al que retiraron el carné por conducir borracho y que fue condenado por llamar nazi al doctor Montes un montón de veces, cuando por aquel entonces pocos sabrían más de nazis en España que él. Sólo teniendo un auriga de este talante a los mandos se explica la acojonante sesión de fotos con que han ilustrado la entrevista de Ayuso en El Mundo, alguna de ellas con los ojos cerrados, quizá para evitar ese efecto de pasmo ultraterreno en el que la presidenta de la Comunidad de Madrid parece estar sintonizando radio María, una emisora marciana o un concierto de José Manuel Soto.

Entre el tono de levitación religiosa y el fondo negro riguroso, unos piensan que Ayuso está a punto de ascender a los cielos, otros que ha protagonizado la última pieza de videoarte de Bill Viola y la mayoría que está imitando una portada de Queen. En la entrevista, entre otras chorradas, dice que con la que está cayendo cada semana cierra un negocio y un autónomo se va al paro: ocho o nueve comercios se han ido al garete según esta buena mujer. Si se ponen a contar muertos vete a saber lo que les sale, pero para contar chistes, Casado y ella, los dos con un cigarrillo y una copa de coñac, no tienen precio. Este era el luto que pedían, menudo espectáculo.