Punto de Fisión

Borjamaris del mundo, uníos

Un fantasma recorre los barrios ricos de Madrid, de Núñez de Balboa a La Moraleja, o sea. El fantasma de Snoopy. Hartos de no poder esquiar ni montar a caballo ni jugar al golf, la gente bien, los señoritos rancios, los cayetanos y las pijamaris de la capital han cogido sus mocasines, sus mechas y sus pulseritas, se han anudado las banderas al cuello, a guisa de capa de superhéroe, y han tomado las calles para demostrar quién manda, fíjate. Algunos hasta se han atrevido a quitarles la cacerolas al servicio y se han puesto a golpearlas a ritmo de pasodoble; otros no encontraban el enchufe por ningún sitio y han preferido usar la thermomix, que como instrumento de percusión también suena lo suyo, o sea. Total, no tienen nada que perder salvo su salud y la nuestra.

La escena parece sacada de una película de Berlanga, una de las muchas que se quedó sin rodar, pero no hay problema porque, entre ministros metidos entre rejas y aristócratas reconvertidos en proletarios, el país se va pareciendo cada día más a una película de Berlanga. Nacional IV. José Luis López Vázquez en el papel de Luis José dando de comer a una piara de cerdos mientras decía "pitas, pitas", no puede competir con Cayetano Martínez de Irujo, quien hace poco abjuró de terrateniente y se declaró agricultor al tiempo que el tupé se le encrespaba en boina. La tierra para el que la explota. O con Marcos de Quinto, el millonario anarquista que está a dos borracheras de echarse al monte y montar la revolución a base de Coca-cola y vino premium. Cómo no se van a tirar de los pelos los hidalgos de toda la vida cuando una pareja de advenedizos llamados Irene y Pablo se han ido a vivir a un chalet en Galapagar como si fuesen marqueses, o sea.

En realidad, la película que había profetizado hace años este alzamiento nacional de cacerolos fue El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo, donde dos pijos cuarentones más tontos que hechos de encargo ponían en práctica las tácticas de guerilla que actualmente lleva a cabo la kale burberry. Circular en moto sin casco: un antecedente de concentrar multitudes de irresponsables  en medio de una pandemia. Pero Borjamari y Pocholo no luchaban porque el coronavirus acabara de una vez por todas con la civilización occidental ni porque España dejara de parecerse a Venezuela, sino para intentar llegar a tiempo al último concierto de Mecano, o sea.

Hay una escena en particular que retrata a la perfección la angustia existencial de esta gente bien que se pregunta a todas horas quién ganará en el desenlace final de la lucha de clases: el cocodrilo de Lacoste o el caballito de Ralph Lauren. Es cuando Borjamari y Pocholo charlan sentados en el césped, rememorando la vida que hubieran podido llevar, las decisiones que no tomaron y las novias que se quedaron en el camino mientras ellos seguían viviendo en casa de sus padres. "Elegí ser más canalla" dice Borjamari "y aquí estamos, haciendo botellín". Díaz Ayuso, ya completamente desatada, anima a los madrileños sin un dedo de frente a que sigan su ejemplo, abanderándolos al más puro estilo Delacroix: la libertad de mercado guiando al pueblo, o sea. Al menos, los pijos del barrio de Salamanca cumplen a rajatabla uno de los presupuestos esenciales del marxismo: son los únicos que siguen teniendo conciencia de clase.