Punto de Fisión

Que viene el lobo

 

Hace poco más de un año, Ali Soufan advertía que el mayor peligro que veía ahora mismo en Occidente es el auge de la ultraderecha, un término que personalmente no le gusta: él prefiere hablar de "neonazis". Musulmán de origen libanés, Soufan era uno de los pocos agentes del FBI que a mediados de los 90 no sólo estaba empeñado en perseguir a Osama Bin Laden sino que alertó sobre los riesgos de subestimar a Al Qaeda. Nadie le hizo mucho caso,  ni tampoco a su jefe, John P. O'Neill, hasta que sendos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas. Incluso entonces, poco después del 11 de septiembre, criticó duramente la deriva militarista de la política exterior estadounidense y la segunda invasión de Irak, un desastre geoestratégico que no hizo más que desestabilizar por completo Oriente Medio y echar más leña al fuego del terrorismo islámico.

Hoy día Soufan y otros expertos en terrorismo internacional contemplan impotentes cómo se repite la misma historia de "que viene el lobo", pero con la ultraderecha en lugar del islamismo radical. En septiembre de 2019, Soufan declaró ante el Comité de Seguridad Nacional del Congreso de EE UU que el corazón del extremismo supremacista blanco estaba en Rusia y en Ucrania, y que era allí mismo, en Ucrania, donde se estaba fraguando un campo de pruebas para futuros actos terroristas así como alianzas entre grupos paramilitares rusos y estadounidenses. Las estadísticas le han dado la razón, ya que en los últimos cinco años el terrorismo de signo neonazi ha aumentado más de un 300% en todo el mundo.

Lo más curioso, sin embargo, no es sólo que los organismos pertinentes no hayan hecho mucho caso a estos avisos, sino que la prensa internacional apenas ha prestado atención a atentados de marcado talante xenófobo, como el sucedido en Hanau el pasado febrero, que costó la vida a diez personas, o el desmantelamiento de una célula neonazi que planeaba una ola de atentados contra mezquitas y centros islámicos en Alemania, imitando la matanza de Christchurch, en Nueva Zelanda, donde murieron más de medio centenar de musulmanes. De momento, por suerte, no a mucha gente les suenan los nombres de Atomwaffen Division, Rise Above Movement, la Legión Imperial o el Batallón Azvov. Mejor seguir pensando que son bandas de black metal.

Sin salir de Alemania, el pasado mayo saltó la noticia de la detención de un miembro del KSK, las Fuerzas Especiales del Ejército, que escondía un arsenal de armas, explosivos y municiones en un jardín de su casa, además de banderas y artículos de propaganda nazi. Era el último de una serie de escándalos relacionados con este grupo de élite de las fuerzas armadas alemanas, que incluían robo de material del ejército y proyectos de atentados terroristas contra destacados dirigentes políticos. Este mismo martes, la ministra germana de Defensa, Annegret Kramp-Karrembauer, anunció un plan de medidas para combatir el extremismo de derechas en el KSK, una de las cuales consiste en la disolución de una de las dos compañías en activo, es decir, la mitad de los efectivos de las Fuerzas Especiales.

A finales de 2014, algunos oficiales del Ejército de Tierra español alertaron de la existencia de grupúsculos de ideología ultraderechista entre sus filas mientras Rubalcaba recordaba (en relación al bestial asesinato en 2007 de Carlos Palomino en el metro de Madrid a manos de Josué Estébanez, un joven soldado) la cantidad de neonazis que aún vestían uniforme y la necesidad de una limpieza a fondo. Sin embargo, hemos visto suficientes ejemplos de parafernalia franquista y fascista entre miembros de la policía y las fuerzas armadas como para ir poniendo las barbas a remojar. Sin ir más lejos, el autor de la parodia de ejecución a tiro limpio contra el presidente Sánchez y diversos miembros del Ejecutivo resultó ser un ex militar. Josué Estébanez, el asesino de Carlos Palomino, es idolatrado hoy por grupos neonazis de todo el mundo y Brenton Tarrant, el genocida de Nueva Zelanda, escribió su nombre en el fusil a modo de invocación antes de la matanza en Christchurch. No dirán que no estábamos advertidos.