Punto de Fisión

Lecciones de Juan Marsé

Para quienes crecimos en los suburbios, en cualquier barriada del extrarradio, allá por los setenta o los ochenta, leer a Juan Marsé era como redescubrir la infancia, rememorar el trayecto hasta el colegio, las rodillas llenas de costras y arañazos, los pasatiempos prohibidos antes del cruce a la edad adulta, el brasero encendido bajo la mesa pintando la casa de un olor a pueblo, los escaparates de tiendas pretéritas y oficios extinguidos, la doble costura del tranvía que aún temblaba en las calles con su estrépito fantasma. Había párrafos, había páginas enteras de Marsé que nos devolvían el paso del tranvía, el trago amargo de la primera cerveza, el zarpazo ocre del primer cigarrillo, los paraísos tercamente prometidos en una pantalla de cine, los ritos y pasajes de una adolescencia que no terminaba de irse por el mismo motivo que no queríamos nunca que el libro se acabase.

Aunque Marsé, en realidad, escribía sobre Barcelona -la Barcelona desnuda y gris de los años cincuenta donde se ganó la vida a trompicones- en seguida supimos que no hablaba exactamente de Barcelona ni de la posguerra, sino de esos barrios sin mapas y sin tiempo donde los niños pobres juegan en un descampado una partida de un juego perdido de antemano que consiste en crecer, envejecer, permanecer a la intemperie contándose historias que tienen lugar en ninguna parte. Sabíamos demasiado bien que la posguerra era una interminable tarde de domingo, con la melancolía del lunes agazapada en un portalón, al fondo de una calle sembrada de charcos y farolas rotas a pedradas.

Su biografía se inicia con el aire fraudulento y espurio de esas historietas que los chavales de sus libros elaboran entre cigarro y cigarro: una madre que murió al darle a luz; un padre taxista que lo regaló en adopción, recién nacido, a una pareja que lo crió con amor y devoción; el mismo taxista que años después, ya jubilado, seguía conduciendo por inercia y enseñando con tristeza y orgullo a los pasajeros que le parecían de confianza la hoja de un periódico donde estaba la foto del gran novelista, su hijo perdido para siempre. Con el tiempo también lo adoptarían los gurús de la Gauche Divine (Carlos Barral, Gil de Biedma, Ricardo Bofill), convencidos de que al fin habían hallado a un narrador purasangre de origen proletario; con ellos disfrutó de las noches de Bocaccio, la discoteca de moda que era la sede del grupo, y terminó por ridiculizarlos en un célebre relato de Teniente Bravo, donde un muchacho medio analfabeto teclea un montón de tonterías y los intelectuales catalanes creen que han encontrado al nuevo Joyce. Tiempo atrás, en un polémico fragmento de Últimas tardes con Teresa, los había llamado "farsantes" y "señoritos de mierda"; no era su opinión sino la del personaje, pero daba la impresión de que Marsé con la Gauche Divine se encontraba en la misma situación que el Pijoaparte ligándose a la pija más guapa de Barcelona desde la cama de la criada.

Dio con algunos de los títulos más hermosos de la literatura (Encerrados con un solo juguete, Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí, La oscura historia de la prima Montse, Un día volveré), sin importarle haber sacado uno de la letra del Cara al sol o destripar perfectamente el argumento con un eneasílabo: lo increíble es que esas novelas estaban a la altura de sus títulos. Siempre incómodo con el poder, tuvo problemas con Franco en su juventud y con el nacionalismo catalán en su vejez. Amaba el séptimo arte hasta el punto de dedicarle un relato bellísimo (El fantasma del cine Roxy), pero no fue un amor correspondido y abominaba de las adaptaciones cinematográficas de sus obras. Dimitió como jurado del premio Planeta por considerar que el nivel de las novelas presentadas era "subterráneo" y luego le respondió a la ganadora, Mari Pau Janer, cuando ella le llamó "enfant terrible" que a él le interesaba la literatura, no la vida literaria.

Más larga y mucho más enconada fue su trifulca con Umbral, el representante por excelencia de lo que él denominaba "prosa sonajero", ésa que suena muy bien y no dice nada o apenas nada, un cascabel que no sirve más que para ocultar las fallas de estructura, trama y personajes. Marsé nos enseñó que no importaba escribir bien sino decir algo; que una novela no consiste en empalmar frases bonitas sino en alzar un mundo con palabras; nos enseñó que la vida y el mundo entero caben en un barrio cualquiera una tarde cualquiera de domingo. Y también, como dijo en el breve autorretrato que publicó en la revista Por favor: "Mientras el país no sepa qué hacer con su pasado, jamás sabrá qué hacer con su futuro".