Punto de Fisión

Michael Jordan: como un toro

Veintitantos años atrás, en la época en que los Chicago Bulls reinaban bajo los aros, ninguno de mis amigos les tenía mucha simpatía ni a los Bulls ni a Michael Jordan. Los que no eran fanáticos de los Celtics, eran fanáticos de los Lakers, y los que no nos decidíamos entre unos y otros tampoco nos atraían mucho los deportes en general y el baloncesto en particular. Aun así, no resulta fácil explicar la animadversión hacia un tipo que se había echado una franquicia a las espaldas, había ganado cinco campeonatos de la NBA e iba camino de ganar el sexto; no sin apelar a complicados mecanismos psicológicos. Tal vez les fastidiaba eso, que lo ganaba todo. Una novia fugaz, allá por el 98, año del último anillo, me dijo que no soportaba a Jordan por su voracidad insaciable, su falta de compañerismo, su egolatría. Ella jugaba bastante bien al baloncesto y prefería mil veces a Magic Johnson, el base de los Lakers, de cuyos dedos fluía el juego hacia el resto del equipo.

En el documental de Neflix The Last Dance, centrado en el ascenso y apogeo de los Bulls y en su última temporada victoriosa, aparece Michael Jordan sentado frente a la cámara, flanqueado por un habano y un vaso de whisky, contemplando como un emperador en el exilio la gloria absoluta de su pasado. Le enseñan videos con testimonios de sus rivales y declaraciones del gerente general de los Bulls, Jerry Krause, sonríe de medio lado, devuelve la tableta y comenta que no fue así, que aquello sucedió por esto y por lo otro. Y tiene razón, por ejemplo, cuando corrige a Krause y dice que fue él quien desmanteló el equipo, que el entrenador Phil Jackson, Pippen, él y el resto de jugadores habrían firmado a ciegas un año más para intentar ganar otro anillo. Había que ser ciego, loco, tonto perdido o todo junto para desperdiciar una escuadra así y pensar que ibas a volver a reunir una parecida. Ni en un lustro, ni en diez, ni en cien siglos.

A lo mejor lo que repelía a mis amigos, igual que a mucha otra gente, es que Michael Jordan llevaba la palabra "triunfo" escrita en la sangre. Que conducía un deportivo rojo con una matrícula personalizada que decía "Air" porque le daba la gana y porque podía. Que se fumaba un lancero de Cohiba prohibido en su país una hora antes del partido y no afectaba lo más mínimo a su nivel de juego. Que debía encestar un último triple al borde del cronómetro para ganar el partido y lo encestaba. Alguien le pregunta en medio de una celebración: "Mike, quedan sólo 5 segundos, vais uno abajo, ¿a quién le pasan el balón?" Jordan lo mira como si hubiera enloquecido y apenas se quita el puro de la boca para contestar: "A mí".

La perfección siempre engendra dudas y en The Last Dance aparecen varias sombras en torno a la estatua intachable de Michael Jordan: sus problemas de ludopatía, su carácter intratable con algunos compañeros de equipo, su negativa a apoyar públicamente al candidato demócrata al senado por Carolina del Norte, Harvey Gantt, mediante una frase que hizo historia: "Los republicanos también compran zapatillas". No obstante, la duda más grande la arroja una ausencia: la de su esposa durante casi dos décadas, Juanita Vanoy, una mujer a la que no se da voz en ningún momento del documental y que permaneció a su sombra durante toda su carrera. Es extraño, por no decir ridículo, que Jason Heir, director del documental, haya dicho que no le interesaba su opinión y en cambio dediqué varios minutos a la explosiva Carmen Electra, novia por aquel entonces del excéntrico y titánico defensa de los Bulls, Dennis Rodman.

Tras la imparable racha de sus tres primeros anillos sólo lo detuvo el luto por la muerte de su padre, absurdamente asesinado por un par de criminales cuando se detuvo a descansar en un aparcamiento en medio de la carretera. Unos periodistas llegaron a insinuar, sin el menor fundamento, que algo habría tenido que ver la afición de Jordan por el juego y las apuestas, pero él se limitó a transbordar al beisbol, transformando su musculatura de arriba abajo, antes de regresar a la NBA y encadenar otros tres campeonatos seguidos. En el quinto partido de las finales de 1997 jugó con fiebre alta y el estómago revuelto, y aun así, escoltado por su alter ego, Scottie Pippen, llevó a la victoria a los Bulls con 38 puntos, 7 rebotes y 5 asistencias. Se rumorea que la noche antes fue víctima de una intoxicación alimentaria por una pizza que pidió de madrugada, aunque el repartidor salió tras las acusaciones vertidas en el documental y aseguró que no hubo nada de eso. De haber sido Aquiles, ni una flecha envenenada habría podido detenerlo porque Jordan, a diferencia de Aquiles, no tenía talón de Aquiles.

Pero, aparte del talón, sí era como Aquiles, invencible, bravucón y combativo hasta el delirio; no le gustaba perder al golf, a las cartas o a los chinos, no digamos al baloncesto; tampoco le temía a nada, ni a los rivales, ni a la amenaza de la derrota, ni siquiera a sí mismo, por eso incordiaba a sus compañeros durante los entrenamientos, como un niño mal criado, para que rindieran al máximo. En la lista de sus grandes antagonistas, desde los míticos Larry Bird y Magic Johnson, hasta el incombustible Reggie Miller de los Pacers, pasando por las bestias pardas de Isiah Thomas, Dominique Wilkins o Charles Barkley, se contempla ese proceso que los estudiosos de la épica denominan "cuantificación del héroe": un héroe se mide por la categoría de sus enemigos y Jordan arrasó con la flor y nata de su época.

Al último de ellos, Karl Malone, "el cartero", el formidable ala pívot de los Utah Jazz, le tocó el papel de Héctor en una Ilíada de gigantes con las manos desnudas: en el partido decisivo, a veintitantos segundos del final, Jordan le roba la pelota, cruza al otro campo, mira a sus huestes, dribla a su defensor, salta y encesta mediante una de esas suspensiones sobrenaturales en las que parece corregir a Newton. Siempre se dijo que los Utah Jazz de Malone y Stockton se merecían un anillo, pero se quedaron en el polvo con el gesto de estupor de Little Bill bocarriba en el suelo de la taberna a la espera del tiro de gracia en la cara: "Lo que uno se merece no tiene nada que ver con lo que le pasa".