Punto de Fisión

Santa Ayuso, la gata de Schrödinger

La primera vez que vi una fotografía de Díaz Ayuso con su cara de pasmo arcangélico, como si estuviera papando moscas en el más allá, me invadió una curiosa sensación de déjà vu: estaba convencido de que ya había visto antes esa misma expresión alucinada en numerosas pinturas de mártires, vírgenes y santas recién coronadas en trance de ascensión a los cielos. Mirándola despacio, da la impresión de que la imagen de Ayuso va primero, de que sus ojos vivarachos y su boca abierta de par en par fueron el modelo para tantos éxtasis religiosos del Renacimiento y el Barroco, un anacronismo perturbador y claramente erróneo, puesto que no hay forma humana de explicar cómo El Greco o Stefano Maria Legnani pudieron haberse inspirado en la presidenta de la Comunidad de Madrid.

La vida imita al arte, dijo Oscar Wilde, un hombre muy ingenioso, aunque no tanto como para caer en la cuenta de que es muy difícil que el arte no imite a Ayuso. En efecto, Oscar Wilde podría haberse inspirado en Díaz Ayuso para escribir El retrato de Dorian Gray, sólo que habría que imaginar a un Dorian Gray tirando balones fuera, al gobierno central, lavándose las manos de sus competencias autonómicas y abandonando en la estacada a miles de ancianos en las residencias madrileñas para irse luego a descansar a un pueblo de Cáceres. Con ella de modelo, Wilde también podría haber escrito Una mujer sin importancia, La decadencia de la mentira o La importancia de llamarse Ayuso.

En sus últimas apariciones y desapariciones, Díaz Ayuso está protagonizando una serie de enconados debates con Díaz Ayuso, una intrincada partida de cartas semejante a aquella en la que Chico Marx se triplicaba o cuadruplicaba gracias a un truco de espejos intentando hacerse trampas a sí mismo. Un día pide rastreadores voluntarios que trabajen gratis y al día siguiente los privatiza con un contrato de 190.000 euros por tres meses. Otro día acusa al ejecutivo de Pedro Sánchez de prorrogar innecesariamente el estado de alarma y, al poco tiempo, se queja de que Pedro Sánchez no decrete inmediatamente el estado de alarma. La verdad, es muy difícil comprender lo que ocurre dentro de la cabeza de Díaz Ayuso: su cerebro funciona al estilo de una caja de Schrödinger donde maúlla una gata Flora que no sólo está viva y muerta a la vez, sino que cuando está al mando de la Comunidad gime y cuando no está al mando, llora.

Hay un cuento maravilloso en Diarios de las estrellas, de Stanislaw Lem, en el que el astronauta Ijon Tichy sufre una avería en su nave espacial y entra en una zona de baches temporales. Tichy viaja solo y da la casualidad de que necesita al menos otro astronauta que salga con él al exterior de la nave para arreglar el timón, de manera que cuando empieza a tropezarse con otros Ijon Tichy, procedentes del pasado o del futuro, tiene la oportunidad de arreglar la avería y escapar del bucle. No obstante, lo único que hace es discutir consigo mismo sobre las paradojas de los viajes en el tiempo y hundirse cada vez más en el embrollo cronológico. "Soy tú, pero el del jueves" saluda Tichy a Tichy durante su primera pelea, antes de terminar con un ojo morado. Llega un momento en que hay una verdadera multitud de Ijon Tichys en la nave, una asamblea de Tichys que incluye jóvenes, niños, bebés y un anciano al que le preguntan cómo diablos hicieron para ponerse de acuerdo y dejar atrás el laberinto.

Tengo miedo de releer el libro de Lem por si, en mitad de algún párrafo, salta Díaz Ayuso desde otro de esos baches temporales que bullen en el interior de su mente y Tichy acaba en segundo plano, eclipsado por una muchedumbre de santas, vírgenes, mártires y presidentas de la Comunidad de Madrid. El tiempo es una dimensión tan misteriosa que no sólo hace cambiar las obras de arte y la percepción que tenemos sobre ellas, sino también nuestros recuerdos, nuestras decisiones y hasta nuestra forma de ser. Normalmente se requieren años e incluso décadas para estas metamorfosis, pero Ayuso puede hacerlo en un abrir y cerrar de pestañas. Tan fácil como papar moscas.