Punto de Fisión

Antisemitas y pedófilos

Hace ya mucho tiempo que las elecciones estadounidenses se transformaron en un espectáculo, un circo de tres pistas donde la principal valía que deben mostrar los candidatos consiste en no cagarla. Los programas electorales y las propuestas concretas no valen tanto como la habilidad de sortear las líneas rojas en ciertos temas candentes. Ayer, sin ir más lejos, Mary Ann Mendoza fue retirada de la lista de oradores de la Convención Republicana por compartir un hilo de twitter donde defendía esa vieja idiotez de que los judíos andan metidos en una conspiración para dominar el mundo, célebre teoría antisemita que se remonta, por lo menos, a los Protocolos de los Sabios de Sión, una falsificación de la policía secreta zarista para justificar los pogromos y persecuciones contra los judíos.

En la actualización preconizada por Mary Ann Mendoza, el juego de marionetas financiado por la familia Rothschild habría prolongado sus garras hasta alcanzar al ex presidente Barack Obama, al multimillonario George Soros, a la reina Isabel de Inglaterra y al todopoderoso matrimonio Clinton. La anécdota elevada a la categoría de programa político se entiende todavía mejor cuando uno repasa la trayectoria política de esta buena mujer y cae en la cuenta de que su apuesta personal contra la inmigración procede directamente del accidente automovilístico en que su hijo perdió la vida a manos de un conductor borracho que resultó ser un inmigrante ilegal. Empalmar las estadísticas criminales con las de la inmigración ilegal es un cable suelto en la máquina ideológica de la ultraderecha desde que al fascismo se le ocurrió el apaño. En realidad, un estudio elaborado por el Cato Institute, un laboratorio de ideas de marcado carácter neoliberal, demostró que "las tasas de condenas y arrestos de inmigrantes ilegales eran más bajas que las atribuidas a los estadounidenses nativos".

Kennedy destrozó a Nixon en un debate televisado gracias a su apostura física y a lo bien que le sentaba la corbata, demostrando así que en la democracia estadounidense la cosmética es una rama mayor de la oratoria. Sin embargo, el imperio de la trivialidad ha alcanzado tal grado de virtuosismo que lo más se comentó en su día y lo que más se recuerda de los enfrentamientos verbales entre Donald Trump y Hillary Clinton no fueron los argumentos, ni siquiera los insultos, sino la mosca que se posó en el entrecejo de Clinton y que protagonizó tertulias, columnas periodísticas y océanos de comentarios en las redes sociales.

En la carrera por la presidencia entre Trump y Biden, la guerra de trapos sucios no va a ser un asunto secundario o menor frente a la economía, la sanidad, la inmigración o el ejército. Más bien va a ser el único tema, o mejor dicho, el decisivo, puesto que la artillería mediática de Clinton (que incluía televisiones, radios, periódicos, actores, cómicos e intelectuales) intentó derribarlo y ridiculizarlo a base de escándalos, aunque lo único que logró fue darle popularidad y hacerlo más simpático. Lo caracterizaron como el villano de la película, sin caer en la cuenta de que la arrogancia, las fanfarronadas, los exabruptos machistas y la mala educación jugaban a su favor; de que el público estadounidense adora a los villanos (no digamos ya los villanos millonarios, al estilo de Jota Erre).

Con su pésima gestión de la crisis del coronavirus, Trump sabe que tiene muy difícil la reelección, de ahí que haya decidido lanzar un ataque brutal contra Joe Biden etiquetándolo de pedófilo a través de un video donde el candidato demócrata aparece como un sobón y un baboso, magreando y estampando saliva sobre diversas mujeres y niñas. Sacar la baza de la pedofilia parece bastante arriesgado, sobre todo teniendo en cuenta no sólo que el propio Trump era uno de los principales invitados a las fiestas y orgías del pederasta Jeffrey Epstein, sino que, en mayo de este mismo año, Anonymous vinculó al actual presidente con el sospechoso suicidio del magnate en una prisión de Nueva York. Pero si hay algo a lo que jamás ha temido Trump es a apostar fuerte. El espectáculo está servido: hagan sus apuestas.