Punto de Fisión

Habla, memoria

Le pido prestado el título de su magnífico libro de recuerdos a Vladimir Nabokov para celebrar la aprobación del anteproyecto de Ley de Memoria Histórica, una asignatura pendiente en la democracia española desde hace más de cuatro décadas. Entre las medidas que apareja la nueva ley estará la declaración de "nulos de pleno derecho" todos los juicios sumarísimos del franquismo, toda esa pantomima legal con que se pretendió blanquear el asesinato político, la escabechina y la matanza indiscriminada.

Carmen Calvo ha explicado que "la mejor forma de reparación es declarar nulo cualquier juicio que haya derivado en el fusilamiento sin garantías de personas importantes, como el presidente Companys". Habría que añadir también que la reparación debe incluir los fusilamientos gratuitos de personas poco o nada importantes, porque la inmensa mayoría de las docenas de miles de españoles "ajusticiados" a tiro limpio durante y después de la guerra no disfrutaban de un cargo señalado ni eran el presidente de la Generalitat. Los mataron sólo por apoyar al gobierno legítimo de la República, por pensar diferente o simplemente porque pasaban por allí.

Mucho más contundente será la decisión de sancionar con multas de hasta 150.000 euros las infracciones en el cumplimiento de la nueva ley, lo que significa, por fin, la próxima ilegalización de la Fundación Francisco Franco, un engendro dedicado a glorificar el recuerdo del mayor genocida de la historia de España, un dictador cenizo que estableció a sangre y fuego un régimen fascista similar al de Mussolini durante casi cuarenta años, gracias a la ayuda precisamente de Mussolini y de su colega Adolf Hitler. En ningún otro país europeo se permite la mitomanía de dictadores fascistas, pero Spain is different, ya se sabe, y aquí se tolera la exaltación del franquismo no sólo en fundaciones y bares de carretera sino también en un orfeón de voluntarios empeñado desde hace meses en asediar la residencia del vicepresidente del gobierno.

Con todo, la apuesta principal de esta nueva Ley de Memoria Histórica es la exhumación de los miles de cadáveres que aun permanecen desperdigados en fosas comunes y cunetas, víctimas de la brutal represión franquista. Será una operación a gran escala, mucho más costosa y pertinente que el simbólico desalojo de la momia de Franco del Valle de los Caídos, puesto que requerirá una búsqueda exhaustiva por todo el territorio nacional, la creación de un banco de ADN y la puesta en marcha de un plan de subvenciones para los familiares de las víctimas.

No se trata de reabrir viejas heridas, como se nos ha repetido machaconamente desde las altas instancias, sino de todo lo contrario, de intentar cerrarlas, puesto que para sanar una herida primero hay que encontrarla, del mismo modo que para olvidar, para pasar página a un recuerdo, primero hay que recordarlo. ¿Cómo olvidar cuando no hay ni siquiera una tumba, una lápida, un lugar donde plantar el olvido, depositar flores y lágrimas? ¿Cómo se ha de perdonar cuando nadie ha pedido perdón? Son miles y miles los muertos que claman impotentes desde la tierra no en busca de justicia -algo ya imposible-, mucho menos de venganza, sino de reposo, de poder descansar en paz después de tantos años. Es la memoria de nuestros muertos la que habla.