Punto de Fisión

Catástrofes Ayuso

En las películas de catástrofes, glorioso subgénero que empezó a proliferar allá por los lejanos setenta, no suele faltar el personaje que minimiza el riesgo, se ríe de él, mira para otro lado o resulta directamente un imbécil peligrosísimo, mucho más destructivo que la propia catástrofe. En Un pueblo llamado Dante’s Peak, un grupo de concejales se niega a tomar medidas ante la inminencia de una erupción volcánica para no desperdiciar unas inversiones millonarias, dedicándose a marear la perdiz hasta que el volcán peta y el pueblo entero desaparece del mapa. En Tiburón, el alcalde de un pequeño pueblo costero se resiste a provocar el pánico ante la presencia de un enorme escualo por miedo a perder la temporada veraniega. En El coloso en llamas, se descubre que los constructores se han ahorrado unos cuantos dólares en la instalación eléctrica en el momento en que un incendio va chamuscando un rascacielos, a pesar de los esfuerzos conjuntos de un arquitecto y un bombero que luchan por ver cuál de los dos se lleva más primeros planos.

En la catástrofe que Isabel Díaz Ayuso está rodando en Madrid, con muertos de verdad y sin necesidad de efectos especiales, nadie rivaliza en quitarle protagonismo, excepto sus propios subalternos, el vicepresidente Ignacio Aguado, el viceconsejero de Sanidad Antonio Zapatero y las sucesivas directoras generales de Salud Pública, quienes se van pasando la patata caliente de la incompetencia como el que se pasa una serpiente de cascabel o un terremoto portátil. Desde los años setenta, el subgénero fue perfeccionándose desde los trasatlánticos hundidos y las barbacoas multitudinarias hasta el apocalipsis mundial por culpa del cambio climático, los asteroides cabrones o las pandemias mortales. Ahora ya no corre peligro un pueblecito de montaña, un rascacielos con ínfulas o un diminuto puerto pesquero sino la humanidad al completo: de ahí que la producción acabe por devorar actores, equipo técnico, guionistas y director, hasta lograr que la verdadera catástrofe sea la película.

Entre la nula planificación, la falta de sentido común, el cruzarse de brazos y el echar balones fuera han ido pasando los meses mientras Ayuso iba culpando a la gente, los controles de Barajas, a Pablo Iglesias y a Pedro Sánchez. Su tragedia no sólo es haber confundido la realidad con la ficción sino ni siquiera haber acertado a elegir el género de la catástrofe. Cree que está protagonizando una sitcom, un esperpento o un sainete en lugar de una película de desastres en la que Madrid ha conseguido el record de ser la mayor zona de contagios de Europa. Desde antes del verano le advirtieron que reforzara el personal sanitario, que pusiera en marcha equipos de rastreadores, que multiplicara las pruebas analíticas, que contratara más médicos y más profesores, en definitiva, que hiciera algo para paliar la que se nos venía encima. Pero Ayuso es una de esas personas que ve el metro lleno de gente y piensa que para solucionarlo lo mejor es quitar el último vagón, que es donde va más gente.

He escrito "Ayuso piensa" y a lo mejor ahí está el problema. No en que no piense, sino en lo que piensa. En cada rueda de prensa parece que estuviera en mitad de su sitcom, buscando otro chiste para rematar la faena y que suenen las risas enlatadas; lo malo es que cada día encuentra un chiste nuevo a costa de los pobres, los inmigrantes o los gitanos. Al final, Ignacio Aguado le ha pasado la serpiente de cascabel a Pedro Sánchez, con lo que se demuestra que no sólo ha fallado el sistema sanitario y el educativo sino también, y sobre todo, el autonómico. Mire usted, señor presidente, nosotros sólo sabemos desguazar colegios y vender hospitales por parcelas, pero de privatizar virus no tenemos la menor idea. Para salvarnos del coronavirus, primero hay que salvarnos de Ayuso. El tiburón es lo de menos.