Punto de Fisión

Como Ayuso sin cabeza

A la pregunta de en qué se ha gastado los más de tres mil millones de euros que recibió del gobierno para paliar los efectos de la pandemia, Ayuso podría responder lo mismo que Bob Dylan en aquel western de Sam Peckinpah: "Esa es una buena pregunta". Tan buena que hace dos semanas, el 7 de este mismo mes, la presidenta anunciaba ayudas económicas para toreros, banderilleros y picaderos y se perfilaba en contra de cancelar corridas y espectáculos taurinos porque va en contra de sus principios. Lo de apuntalar el transporte público, reforzar el personal sanitario y contratar más profesores en previsión de la segunda oleada -tal y como aconsejaba el Fondo Covid-19 aprobado por el Consejo de Ministros- también debe ir en contra de sus principios.

Por eso mismo, en lugar de contratar más médicos y enfermeras, Ayuso destinó a finales de julio un millón de euros para pagar a 73 capellanes que pudieran prestar asistencia religiosa a los enfermos en los hospitales de la Comunidad. Para qué necesitaremos neumólogos a la hora de intentar salvar a un moribundo si en la tele del hospital un matador puede ofrecerle una faena de abrir la puerta grande mientras un cura le va poniendo en orden sus asuntos terrenales y le sintoniza en onda directa con Dios. Nunca se sabrá cuántos enfermos han sanado a fuerza de rosarios, crucifijos, chicuelinas y pases de pecho, probablemente ninguno. A Dios lo que es del César y al César dos orejas y rabo.

Aparte de iglesias y plazas de toros, el grueso de las ayudas económicas a la Comunidad de Madrid ha ido a parar a la sanidad privada y a las arcas de Florentino Pérez y otros filántropos del cemento, quienes se están dejando las pestañas en alicatar un hospital nuevecito en Valdebebas donde no habrá muchos médicos ni enfermeros, pero estará hasta los topes de toreros pegando verónicas al coronavirus y de sacerdotes dispuestos a erradicarlo a base de avemarías. Lo poco que sobrara de esta fiesta del neoliberalismo seguramente fue a parar en la caja registradora del chino que tapizó de banderas la reunión en la cumbre entre Ayuso y Sánchez, un auténtico biombo rojigualda con el que tapar las vergüenzas de una competencia por ver cuál de los dos es más inútil y deja en peor lugar al otro.

No se sabe muy bien a qué espera Gabilondo para plantear una moción de censura contra este peligro público que preside la Comunidad, quizá el hombre, concienzudo como es, aún debe estar descifrando esos poemas dignos del premio Espasa con que Ayuso adornó una perorata memorable en la que únicamente le faltó rematar con un ladrido de Pecas, el perrito difunto al que Ayuso le ponía voz y al que parece que todavía se la pone. Aunque el perrito, incluso después de muerto, difícilmente aceptaría la chorrada de que el metro atiborrado de gente es un lugar más seguro que un parque al aire libre. "Madrid es de todos. Madrid es de España dentro de España".  Ha pedido médicos que vayan a trabajar gratis, no como ella, que se cruza de brazos por un pastizal. Como no espabilemos, los principios de Ayuso nos llevan derechito hacia el final, un desastre cantado que lleva profetizado meses. La respuesta, decía Bob Dylan, está en el viento. Guau.