Punto de Fisión

Aguirre y los agujeros negros

El mismo día que le dan el Premio Nobel de Física a Roger Penrose, Esperanza Aguirre abre la boca. Vaya lo uno por lo otro. Creíamos que Aguirre había dejado la política al fin, después de tres renuncias y cuarenta años de desmanes, pero está visto que no hay forma de que la política la deje a ella. Se trata de una especie de simbiosis todavía no muy estudiada por la comunidad científica, una serie de mutaciones de sí misma en las que Aguirre se perpetua a través de sus sucesores: Ignacio González, en libertad bajo fianza y acusado de diversos cargos de corrupción; Cristina Cifuentes, dimitida tras su máster de la señorita Pepis y un video donde privatizaba botes de crema en el Eroski; e Isabel Díaz Ayuso, community manager del coronavirus después de llevar la cuenta de twitter de un perro. Penrose es, tal vez, la mayor eminencia mundial del mundo en agujeros negros excepto en Madrid, donde el agujero negro se llama Esperanza Aguirre.

En la entrevista que graciosamente le brindó TVE, Aguirre cargó duramente contra Fernando Simón, a quien acusó de que lo llamaran doctor "sin tener el doctorado, ni haber hecho el MIR, ni nada que se lo parezca". Es ya todo un clásico de la derecha recalcitrante atizar a Simón por los fallos en la gestión del coronavirus, y Aguirre se suma en esta tendencia a eminencias de la talla de Pablo Motos, Cayetano Rivera y Belén Esteban. La verdad es que Simón no cursó el doctorado, aunque lo de llamar doctor al médico no es una costumbre impuesta por la televisión española, sino que viene de antiguo, desde antes de la construcción de los ambulatorios. También es verdad que, en lugar del MIR, trabajó en Sudamérica y luego en África durante nueve años, donde aprendió seis idiomas y se especializó en enfermedades tropicales, malaria, sida y tuberculosis. Toda esta experiencia no significa que el hombre pueda ser un tremendo inútil, ya que fue la entonces ministra de Sanidad Ana Mato quien, entre fiestas de cumpleaños y deportivos brotando del garaje, lo puso al frente del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

Aguirre sacó pecho de su gestión sanitaria al frente de la Comunidad, presumiendo de qué íbamos a haber hecho los madrileños si ella no hubiera levantado doce hospitales públicos. Efectivamente, gracias a otro de esos milagros aritméticos a los que no tiene acostumbrados, en una sola década, de 2007 a 2017, Aguirre consiguió que, después de gastarse un dineral en ladrillos, cemento, palas y hormigoneras, el número de plazas hospitalarias en la Comunidad creciera en al menos medio centenar de camas. Roger Penrose sabrá mucho de ecuaciones no lineales y de física cuántica, pero se le quemarían las cejas intentando explicar esta suma, eso sin contar sobrecostes, mordidas y pelotazos.

Por último, y ya de refilón, Aguirre le dedicó unas palabras a Corinna, la amiga entrañable del emérito: "Tiene una dudosísima reputación" dijo, antes de añadir: "Está horrorosa". Hablando de horrores y de reputaciones, francamente debería callarse, porque parecía que estuviera dibujando su autorretrato. Algo parecido ocurrió al llamar crack a Díaz Ayuso: la última vez que dijo eso de alguien se refería a su antiguo colaborador, Francisco Granados, y a su facilidad para hacer amiguetes en la cárcel, aunque con Ayuso es posible que hablara de la droga.