Punto de Fisión

Mal de muchos, consuelo de Ayuso

Gracias a esa gente que se queja de unas leyes que, según ellos, pretenden resucitar la Guerra Civil, estos días da la impresión de que Madrid hubiera vuelto a la Guerra Civil. Hace dos semanas una proposición de Vox respaldada por Ciudadanos y PP significó la retirada de las placas de sendas calles dedicadas a Indalecio Prieto y Largo Caballero, una medida que llama la atención principalmente por el retraso que llega después de varias décadas casi ininterrumpidas de ayuntamientos de derechas en la capital. Teniendo en cuenta que, en noviembre del año pasado, Almeida frenó la instalación de un memorial en homenaje a las víctimas del franquismo en el cementerio de la Almudena, estamos sólo a dos plenos de que la Castellana vuelva a llamarse Avenida del Generalísimo.

Es extraño que no fueran Álvarez del Manzano, ni Gallardón, ni siquiera la inefable Ana Botella, quienes impusieran estos higiénicos anacronismos, sino José Luis Martínez-Almeida, un hombre que había prometido quitar Madrid-Central para que regresaran los humos que tanto carácter le dan a la Gran Vía y alrededores, y al paso que lleva va a quitar todo lo demás. Seguramente, tras décadas de vallas, camiones, socavones, taladradoras y obras interminables, Almeida se encontró con un parque temático de la Guerra Civil debajo de las excavadoras y, con el trabajo hecho, no le ha quedado otro remedio que inaugurarlo. Otra curiosa querencia de este munícipe que dijo que prefería salvar una catedral a una selva amazónica pero que está haciendo todo lo posible para que Madrid vuelva a ser una selva amazónica.

A tono con todo esto, el coronavirus le ha dado un poderoso empujón al festival guerracivilista, con un senador del PP que proclama que la enfermedad es un arma biológica procedente de la China comunista y pancartas que deforman un famoso lema republicano para proclamar: "Madrid será la tumba del sanchismo". La autora de esta última metástasis, Rosa Díez, lleva siendo víctima desde hace décadas de varias curiosas metástasis que la han transportado desde el socialismo de sus orígenes a un nacional-socialismo trufado de caspa y alzheimer. No es la única que ha aludido a las metáforas bélicas para protestar contra el confinamiento de Madrid, capital europea del coronavirus, aunque otras consignas han decidido recurrir al 2 de mayo y al alzamiento popular contra las tropas napoleónicas. Se espera que en breve Garci haga la película.

Lamentablemente, las últimas noticias han enfriado bastante este revival decimonónico, ya que buena parte de Europa central, con Polonia, Rumanía, Chequia y Hungría al frente, está registrando cifras de contagios y fallecimientos que certifican la segunda oleada del coronavirus. No se explica muy bien por qué está sucediendo esto, del mismo modo que tampoco se explica cómo Sánchez e Iglesias, cabezas visibles de la hidra comunista mundial, habrán conseguido extender las restricciones a Berlín, París y Londres. Ahora sólo queda saber cómo va a reaccionar Ayuso ante este nuevo despropósito de la realidad.

Repasemos someramente la estrategia de la presidenta frente a la pandemia: primero le pidió a Sánchez que la ayudara y luego que la dejara en paz; despidió a unos diez mil sanitarios en julio y menos de dos meses después les dijo que se reincorporaran gratis; contrató curas en vez de rastreadores; reaccionó a un decreto del BOE interponiendo un recurso judicial que dejaba a los madrileños libertad de movimiento y acto seguido les pidió a los madrileños que se quedaran en casa. Una mujer a quien los hechos se la tienen jurada, que ha hecho de la bipolaridad, la confrontación y la paranoia no ya una forma de vida sino todo un programa político, está predestinada a la Guerra Civil, aunque sea dentro de su cabeza. Lo que da auténtico pánico es pensar que, al volante de Ayuso, está Miguel Ángel Rodríguez, de segundo apellido Bajón. Pisa el acelerador, que vienen curvas.