Punto de Fisión

La derecha como virus

Una de las ventajas de las bacterias y los virus es su capacidad de adaptación, de aprovechar cualquier medio para proliferar y recombinarse, de manera que sortean obstáculos, anticuerpos, antibióticos y sistemas inmunológicos con el único fin de perdurar y reproducirse, que es a lo que venimos todos a este mundo, sólo que si eres un virus tampoco es que tengas muchas más preocupaciones. Como carecen de ojos y orejas, no les hacen falta ofertas culturales, museos ni bibliotecas ni cines ni salas de conciertos; como no hay nada que discutir, no necesitan un parlamento ni una constitución; y tampoco deben preocuparse de buscar casa porque, por el mismo precio, el huésped les ofrece manutención y alojamiento. Y a vivir, que son dos días.

La derecha española se parece bastante a ciertos virus, no sólo en su olímpico desprecio por la cultura (no digamos ya por las bibliotecas, los conciertos o los cines), sino en su habilidad para pactar con lo que sea, dependiendo del momento y del lugar, ya sean nacionalistas, independentistas e incluso los etarras de Bildu, una opción que les escandaliza mucho y que parecía exclusiva de las bacterias de izquierda. Uno de sus grandes éxitos evolutivos consiste en haber estirado su ADN desde el franquismo más recalcitrante hasta el neoliberalismo de nuevo cuño, de modo que aunque parezcan estar peleándose todo el día por ver cuál de ellos es más patriota y más facha, en realidad forman gobiernos de coalición con una facilidad asombrosa, ya sea entre Ciudadanos y PP, entre PP y Vox, o los tres juntos pero no revueltos, que es como mejor funcionan.

En su feroz lucha por la supremacía en las urnas, el virus de la derecha no le hace ascos a nada: lo mismo le da usar el terrorismo yihadista que los inmigrantes ilegales, los manteros que los okupas, emplear como arma arrojadiza los muertos de ETA que el cadáver sagrado de Miguel Ángel Blanco para insuflar dinero a la trama Gürtel. Se trata de un auténtico milagro del oportunismo político y por eso no debe extrañarnos que estos últimos meses también hayan recurrido a la pandemia mundial del coronavirus como palanca donde apoyarse para atacar y minar un gobierno de coalición de izquierdas, una estrategia que ha llenado de pasmo y admiración a los expertos del mundo entero.

En el límite mismo del travestismo biológico se halla la figura de Isabel Díaz Ayuso, una mujer capaz de poner los restaurantes por delante de los hospitales e incluso de los cementerios, y de proclamarse cercada tanto por el gobierno como por el coronavirus: llegó a decir que si los bares cerraban, la gente iba a volver a casa a contagiar a sus familias, con lo que parecía a punto de cumplir el sueño húmedo de tantos madrileños, felices por apalancarse en la barra de un bar hasta el último aliento. Es normal que muchos ciudadanos se vuelvan locos ante la perspectiva de vivir en un botellón continuo, sin restricciones ni horarios, aunque su penúltima vuelta de campana al sopesar la petición de solicitar el toque de queda en toda España ha caído como un jarro de agua fría en una palangana de calimocho.