Punto de Fisión

El juicio de los siete de Chicago

Hay un parlamento justo al comienzo de The Newsroom, la teleserie sobre los problemas de un informativo en una cadena de noticias, que atesora en unos pocos minutos la mayoría de virtudes y defectos de Aaron Sorkin: la claridad, la celeridad, la locuacidad, el afán pedagógico. Una asistente a un debate sobre periodismo pregunta a los tres invitados por qué Estados Unidos es el mejor país del mundo; tras dos respuestas típicas ("oportunidad y diversidad" dice una periodista; "libertad y libertad" replica el segundo), Jeff Daniels, en el papel de un presentador estrella, salta: "The New York Jets". Cuando le insisten para qué responda en serio, llega la brillante y típica lección de sabelotodo de Sorkin: Estados Unidos no es el mejor país del mundo sino "el séptimo en alfabetización, el vigésimo segundo en ciencia, el cuadragésimonoveno en esperanza de vida, el tercero en ingresos por hogar, el cuarto en mano de obra y exportaciones..." Nadie tiene en la cabeza todos esos datos y estadísticas excepto un personaje de Aaron Sorkin.

Esa manía por ilustrar, por catequizar y por rellenar cada minuto de diálogo de una información apabullante es lo que convierte casi cada secuencia made in Sorkin en una maquinaria de relojería perfectamente engrasada, rápida y elegante, pero en última instancia mecánica y vacía. Es lo que sucede, una vez más, en El juicio de los siete de Chicago, una deslumbrante recreación de la farsa judicial que en 1970 enfrentó a un grupo de activistas y pacifistas acusados de conspiración nacional en los violentos disturbios que tuvieron lugar en una manifestación contra la guerra de Vietnam durante la Convención Demócrata de 1968.

Hay un montón de actores espléndidos en la cinta escrita y dirigida por Sorkin, desde Mark Rylance a Michael Keaton, pasando por Joseph Gordon-Levitt, Sacha Baron Cohen, John Carrol Lynch y un excepcional Frank Langella en el papel del turbio y pantanoso juez Hoffman. El problema es que, entre la complejidad de la historia, la escasa duración de la cinta y el didactismo maniqueo de los diálogos, ninguno de ellos logra despegar de las dos dimensiones del papel asignado. Encasillados en sus respectivos roles (el liberal, el hippie, el payaso, el pacifista boy scout, el abogado intrépido, el fiscal reacio, el juez malvado) los actores carecen del margen de maniobra suficiente para sacudirse el yugo de portavoz y mostrar una criatura de carne y hueso. En la historia del cine hay dramas jurídicos infinitamente más emocionantes y conmovedores que El juicio de los siete de Chicago, pero no hace falta remontarse a Doce hombres sin piedad, Impulso criminal, Veredicto final o Anatomía de un asesinato para comprobarlo. Basta volver a revisar Algunos hombres buenos, de Rob Reiner, con guión del propio Sorkin, a pesar de todas sus debilidades y americanadas.

Porque la americanada es, al fin y al cabo, el gran lastre de Sorkin, quien plantea la película como un juicio a una parodia de juicio, un juicio a un sistema político y a un país donde las frases sobreimpresas del final muestran que, después de todo, la justicia funciona y la democracia sale triunfante. Es un giro idéntico al de Jeff Daniels tras su filípica contra el optimismo ingenuo: Estados Unidos no es el mejor país del mundo, pero solía serlo. Cuando se preocupaba por sus vecinos, dice. ¿Se refiere a los golpes de estado promovidos en Chile, Grecia o Indonesia o a las docenas y docenas de dictaduras sanguinarias sostenidas en Asia, África y Sudamérica? La lista final de los casi cinco mil soldados estadounidenses caídos en Vietnam durante los largos meses del juicio muestra la desvergüenza típica de esta clase de productos made in USA: ni una sola mención a las masacres de civiles, ni a los bombardeos con napalm, ni a los vietnamitas muertos. Esos no importan nada porque, amigos, esto es América.