Punto de Fisión

La bolsa o la vida

Es normal que Ayuso no se tome a este gobierno en serio, porque tampoco este gobierno se toma en serio a sí mismo. Es muy difícil exigir medidas estrictas para el cierre de la capital cuando hace sólo dos días el ministro de Sanidad acudió a una fiesta a puerta cerrada en la misma capital con unos ochenta invitados sin mascarilla sólo por reírle la gracia a Pedro Jota y que se le vieran bien los dientes. Es todo de risa, la verdad, un cachondeo tremendo, excepto las colas de enfermos en los hospitales, los hacinamientos en las listas de espera y las salas de urgencia colapsadas. Cuando se empiezan a rifar los respiradores y los pulmones artificiales, cuando ves a los médicos ataviados con traje de astronauta interviniendo a un paciente como si fuese una roca lunar, cuando notas que te falta el aire y la tráquea se transforma en cemento, entonces la cosa ya no da tanta risa.

El cachondeo ha sido la tónica general con el coronavirus desde que no lo vimos venir, allá por febrero o marzo, mientras en China clausuraban provincias a cal y canto y en el norte de Italia desfilaban camiones cargados de ataúdes hasta los topes. Se trataba entonces de no alarmar a la población, no provocar un pánico generalizado, aunque vistos los resultados, quizá hubiese sido mejor un poco más de pánico y que la gente empezara a tomarse en serio la movida. No tanto los peatones, que hemos sufrido los rigores del confinamiento sin rechistar, encerrándonos en casa y pagando multas muchas veces absurdas, como los políticos responsables de gestionar este desastre para conducirnos a buen puerto.

Porque seis meses después de que se decretara el estado de alarma las autoridades pertinentes apenas han tomado una sola medida efectiva destinada a paliar la pandemia: no han contratado rastreadores, no han reforzado el personal médico, no se han hecho pruebas ni análisis masivos a la población y se ha dejado todo a la buena de Dios, esperando que el virus se aburriese y tirase la toalla. Ha sido una lección de política sanitaria copiada del ideario de Franco, quien decía que había dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que no se resuelven de ninguna manera.

Ahora estamos en la misma situación que hace medio año, conteniendo la respiración bajo la puta mascarilla, esperando la segunda oleada cuando todavía no ha terminado la primera. Y nos seguimos guiando por reglas disparatadas, como no caminar a solas por el campo o por la calle con la boca descubierta y subir a autobuses y metros atestados de viajeros, como si nos jugáramos la vida y la salud a una ruleta rusa invisible. Mientras tanto, el gobierno de la nación y los diversos gobiernos autonómicos se echan la culpa unos a otros, tirándose los muertos a la cabeza e imitando las mejores escenas de los hermanos Marx.

Había que salvar la temporada de verano y ayudar a los chiringuitos del sector turístico, eso sí, un sacrificio que ha costado miles de vidas y que recuerda aquel dilema de mi amigo Eduardo cuando le operaron de una colostomia y tuvo que llevar encima varios meses una bolsa llena de mierda. Esperaba que un día le saliera al paso un atracador con una navaja y le dijera: "La bolsa o la vida". "La bolsa, toma la bolsa" respondería Eduardo sin dudar un segundo. Nosotros nos la hemos comido enterita.